Aprender por imitación

Toda madre primeriza tiene infinidad de dudas, que intenta disipar charlando con otras madres y leyendo libros sobre el cuidado de bebés y la crianza. Ahora que estoy en Castellón,  cada día me relaciono con mucha gente diferente, como la familia, amigos de mis padres, viejos amigos, etc.  Entre tantas personas, hay un comentario unánime: “¡Qué guapa es Emma!”. “Sí, mucho”, respondo orgullosa. Enseguida viene el siguiente: “¡Pero cómo sonríe! ¡Qué simpática es!”. “¿A qué sí?”, corroboro. Luego llegan comentarios más dispersos pero casi todos encaminados en la misma dirección, del tipo qué buena niña es, que espabilada está y cosas así. No obstante,  nunca, nadie, excepto su padre, me ha dicho: “¡Qué bien lo estás haciendo, Gessamí!”. Sinceramente, creo que algo de mérito tenemos. Gran parte de su carácter y personalidad, probablemente, esté escrito en sus genes. No obstante, considero que con la crianza influimos en nuestros hijos y en su bienestar emocional. Para ello, os cuento una anécdota. Desde que la pequeña nació, tenía la neura de que siempre que estaba con los ojos abiertos, me debía ver sonriendo y yo me debía dirigir a ella en un tono de voz alegre y cariñoso. Muchas veces, cantando, que le encanta. El momento del cambio de pañal se convirtió en mi preferido, porque podía contemplar toda la carita de Emma y ella observar mi gran sonrisa. Daba igual lo poco que hubiera dormido y lo cansada que estuviera. En su vigésimo tercer día de vida extra uterina, Emma esbozó su primera sonrisa. Y desde entonces no ha parado de sonreír. Todo el día está contenta y feliz (si ha dormido bien, claro). Su sonrisa es su modo de relacionarse con las personas, conocidas o extrañas. Cuando quiere algo, también sonríe. Por eso la llamo Emma la seductora. Me roba el corazón y los desconocidos que pasan por la calle y reciben una de sus sonrisas se marchan más felices murmurando “¡pero qué simpático es ese bebé!”. Desde que nació, cuido mucho el modo de relacionarme con ella. Tanto que incluso protesto cuando alguien discute delante de ella. A veces cuesta irse a la habitación de al lado para discutir o hacerlo en un tono relajado con temas tan delicados como los asuntos de pareja, pero creo que es una obligación materna y paterna. Mi fijación por el buen humor también ha calado hondo en ella, que desde su primer mes sólo quería los muñecos felices (los que sonríen). A los otros no les hacía ni caso. Mi madre me decía que eso era imposible… hasta que lo comprobó con sus propios ojos. Y hemos llegado a la anécdota: un día iba paseando por la calle cuando me encontré con otra madre primeriza que regresaba del pediatra tras la revisión del primer mes. Su facultativo le aconsejó sonreír a su bebé, ya que el pequeño todavía no tenía esa habilidad. Unos días más tarde, me la encontré de nuevo y me dijo casi indignada que le dolían las comisuras de los labios de tanto esforzarse. Ahora bien, el pequeño ya había aprendido a esbozar una sonrisa. La moraleja de esta historia es muy sencilla: los bebés son una amalgama de genes e instintos, pero también aprenden por imitación. Por tanto, estoy muy orgullosa de darle buenos ejemplos. ¿A vosotras no os ocurre? ¿La gente tampoco os dice lo maravillosas que sois como madres? Pues desde aquí tenéis mi enhorabuena, ¡bien hecho, mamás!

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