Cuidados del bebé

Hace semanas que quería escribir un post acerca de la vitamina D, pero vuestros comentarios sobre la preparación de la maleta y los olvidos a la hora de suministrar esta vitamina me han animado definitivamente. Si no recuerdo mal, durante la primera visita a la pediatra (a los quince días del nacimiento de Emma), la doctora le recetó vitamina D. Me explicó que sirve para evitar el raquitismo en la edad adulta, que hay estudios que así lo sugieren en Gran Bretaña. No obstante, observé que la doctora vacilaba un poco al contármelo y cuando le pregunté más sobre su eficiencia, acabó diciéndome algo así como que más vale prevenir que curar. Llevo toda la vida escuchando a los dermatólogos, nutricionistas e incluso a mis profesores de biología del instituto que la única manera de sintetizar la vitamina D es exponiendo nuestra piel al sol durante unos minutos. O al menos, esa es la manera más eficaz. Desde que Emma llegó a casa, muy pocos días se ha quedado sin su paseo diario. Y una vez que ella fue cogiendo peso y yo fuerza, aumentamos la duración del paseo y su frecuencia (de uno a dos diarios). Con mucha moderación, el sol, o al menos la luz solar, la acompañan. Así que desde el principio decidí no darle la vitamina D procesada y comprimida en gotas. Sin embargo, tuve pesadillas: soñaba que la cabeza le quedaba abierta, ya que las fontanelas no le cerraban por no haberle dado sus gotas. Es decir, malformada de por vida por mi culpa. Al amanecer, me levantaba con una tremenda sensación al cuerpo de mala madre. En la revisión del segundo mes, cuando la pediatra me extendió la segunda receta de las vitaminas (porque a ella le mentí, le dije que sí se las daba), fui a la farmacia a comprarlas. Llegué a casa, leí el prospecto y dije: “¡Buf! ¡Qué bien que no se las doy y salgo de paseo!” He aquí las reacciones adversas en casos de sobredosis: “Los lactantes que reciben cantidades excesivas de vitamina D pueden tener molestias gatrointestinales, fragilidad ósea y retrasos en el crecimiento” (justo todo lo contrario de su objetivo). Según el prospecto, la posología adecuada en “lactantes alimentados solamente con leche materna y que tienen escasa exposición al sol” es de tres gotas al día. La pediatra me dijo que le diera seis, ¡toma ya! ¿Seis gotas más la vitamina D que ella misma sintetiza estando al aire libre? Ni hablar. Pero, ¿qué opináis las madres primerizas? ¿Les dais las gotas? ¿Tres o seis? ¿Siguen esta misma política los pediatras de otras comunidades? ¿Y los del otro lado del charco (del océano atlántico)? Y no me entendáis mal con este post. No quiero decir que las que seguís el consejo médico estéis haciendo mal porque yo hago todo lo contrario, ¡faltaría más! Sino que ser madre consiste en eso: en tomar tus propias decisiones aunque a veces no se ajusten a lo que se espera de ti (y a riesgo de hacerlo mal).

Foto vía Kern Pharma, donde podéis leer la ficha técnica ampliada del producto (donde habla de la necesidad de la vitamina D en los lactantes).

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