huevos de chocolate de pascua

Volvemos a un piso

La última mañana que pasamos en el caserío, el termómetro de la calefacción marcaba 5,6º. Ahora vivimos en unos constantes 17,5º de noche y ¡20 grados de día! ¡¡¡Soy taaan feliz!!! Nos hemos mudado a un piso del pueblo, apenas a cuatro quilómetros del caserío, recién reformado y ¡con jardín! Es la planta baja y nosotros somos los afortunados de gozar de ese trozo de hierba. Todo surgió como con el caserío: “Oye, he visto que se alquila un piso en el pueblo”. “¿Ah, sí? ¡Bah!”. Y a la noche: “Bueno… ¿me lo enseñas?”. De ahí a alquilarolo pasaron sólo tres días. La vida en el caserío fue fantástica en verano, disfrutando de la naturaleza y el aire libre. Y también los fines de semana recibiendo amigos y cocinando y comiendo juntos, como habéis visto en algunas fotos. Sin embargo, el día a día se hacía duro porque en realidad el caserío no era más que una vieja granja centenaria a la que sus dueños le hicieron un lavado de cara con estilo, del que nos enamoramos, pero sin tocar las partes fundamentales de cualquier casa: el tejado y los cimientos. El tejado sólo tenía tres centímetros de poliespán, y a eso le llamaban aislamiento (incumpliendo incluso la normativa, que exige un mínimo de seis centímetros). De ahí que todo el calor producido por la chimena y la calefacción de gasóleo se evaporara por el tejado y calentara… ¡el cielo! La habitación de Emma estaba sobre el almacén, también sin aislar el suelo, por lo que era tan fría que era inviable que nuestra fiera se emancipara. Por si fuera poco, el caserío está construido sobre la tierra y la roca del monte, sin cimientos. ¡Toma ya! Así que en julio, con el contraste de temperaturas que sufre la tierra con la llegada del verano, se  nos empezaron a pudrir las cosas: desde ropa hasta enseres. Parece ser que es algo habitual y común en los caseríos vecinos, claro que ellos no pagaban un alquiler como si esa vieja granja fuera un chalet moderno. Aquí notaréis mi resquemor…

Pero no pasa nada. Hemos aprendido la lección y otros proyectos interesantes vendrán, como el de alquilar un caserío entre varias familias sólo para los fines de semana y vacaciones escolares. Interesante, ¿eh? Todo se andará… De momento, en el piso estamos de maravilla, y no sólo por la calefacción. Emma se ha emancipado y, tal y como le propuse, ¡duerme con Katul, el gato! En su cama de mayor y, cuando se despierta de madrugada, se viene a la nuestra y todos contentos. Pero sobre todo, se la ve segura de si misma y feliz. Va por toda la casa a su aire y no me exige estar a su lado constantemente. No sé porqué, pero el caserío creo que le daba un poco de miedo. El espacio tan grande, el techo de madera oscura o a saber qué era.

Y esto es todo, chicas, porque colorín, colarado, ¡seguimos sin internet en casa! Además, hoy por fin tengo la defensa de mi trabajo final del máster. Qué ganas tengo de cerrar esa carpeta en mi cerebro y abrir la siguiente… ¡¡¡Feliz día y a todas y feliz fin de semana!!! Muas!!!

En la imagen, tomada el pasado mes de abril, Emma buscando huevos de chocolate que el conejo de Pascua le escondió en el caserío. Allí pasamos muy buenos momentos, pero los momentos felices dependen más de los planes que tú hagas que del entorno. Bye, bye caserío!!!

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