Semana 10

Después de unos pocos días de alegrías gastronómicas (arroces, fideuás, bocadillos e incluso un poco de ensalada), la “normalidad” ha vuelto en forma de acidez estomacal. Ni el pan blanco me sienta bien. ¿Qué tendrá?
La otra noche acudí a casa de mi abuelo para cenar su fantástico “suquet” de pescado, que cocinó expresamente para mi. De entre todo el amor puesto en la olla, sólo probé el caldo mojado con pan. A las nueve de la noche, el arroz con pulpo de mi madre que habíamos comido a las dos de la tarde me seguía repitiendo. Mi familia, consciente de mi palidez repentina ante la cena, ni siquiera insistió en que comiera algo, ya que mi rostro delataba lo que ocurría en la tripa: desazón, malestar y mala digestión.
Una amiga recién salida del embarazo me explicó que ella sólo encontró una solución: un Almax después de cada comida, ya que la acidez fue creciendo al ritmo de su vientre abultado. “Terminé el noveno mes tomando cuatro Almax al día. No había nada que pudiera hacer”, me aseguró recordando sus días de ardor.
No sé qué voy a hacer. Jamás había padecido de acidez. En la vida me he tomado un Almax, pero es que esta sensación… La comida se queda en la boca del estómago, con un desagradable gusto en la boca y, a cada poco, repite. ¿Algún consejo?

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