Relacionarse con el bebé

Siempre he sido una cantante horrorosa. Cuando iba a clases de solfeo, una vez mi profesor clavó los codos sobre su mesa, puso la cabeza entre sus manos y la ladeó repetidamente. “No, no, no”, decía con la cabeza al escuchar cómo entonaba. Y era un hombre bueno, dulce como la miel. Por eso, ese gesto de desesperación en un profesor que jamás levantaba la voz ni reñía a los alumnos fue el desencadenante para decirles a mis padres que aquellas clases no eran para mi. Lo intenté, pero no pudo ser. Despedí al piano con pena y al solfeo con suma alegría. No volví a cantar hasta este año. Ahora mi marido dice que canto de forma aceptable, después de casi dos meses afinando la voz. Durante ese tiempo, él no decía nada, pero cuando entonaba una nana le veía en el rostro la misma expresión de estupefacción que en mi profesor de solfeo. En casa de mis padres, la música siempre ha sido una asignatura pendiente. Ninguno de los dos sabe cantar. De hecho, cuando mi padre le canta a Emma para que se duerma, siempre me pregunto cómo la niña se relaja tanto. ¿Acaso no nota ese sinsentido musical? Para suplir la carencia familiar, mis padres me apuntaron desde bien pequeña a música en las actividades extraescolares, donde aprendí a tocar el silofón, y luego a solfeo. Quizá el resultado no fue espectacular pero, sinceramente, creo que canto mejor que ellos y espero que, algún día, Emma cante mejor que nosotros.

En la imagen, el rincón preferido de mi marido, con su ampli y sus cosas para escuchar buena música en vinilo.

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