historia de un parto

Historia de un parto

Almudena es una madre primeriza de Bilbao que dio a luz a su guapísimo Aitor el 7 de noviembre de 2011. Después de intercambiarnos varios emails, amablemente ha escrito la historia de su parto para compartirla con nosotras. Es muy honesta y también dura, ya que acabó en cesárea, pero no hay más que ver a Aitor para saber que aquel día y medio tan largo tiene un final muy feliz.

“Fuimos al Hospital de Cruces alrededor de las ocho de la mañana del domingo seis de noviembre porque había roto aguas la noche anterior a las 4.30 horas. No había ni un alma embarazada en todo la planta, sólo yo; encendieron las luces para mi. Ese día me pusieron una tira que libera hormonas para ayudar a ablandar al cuello del útero y empezar a dilatar, porque iba con el cuello no del todo borrado y con cero de dilatación. Durante todo el domingo no sentí dolor, sólo estaba enganchada a los monitores y me pasé todo el rato encima de la pelota. La ginecóloga de turno me miraba de tanto en tanto, pero siempre  seguía igual de verde. La noche la pasé observando el monitor, porque el latido del nene se iba cada vez que realizaba algún movimiento. A la mañana siguiente, después de una ducha estupenda y un desayuno de pan con mermelada, me pusieron la famosa oxitocina. Me fueron aumentando la dosis poco a poco. Al principio pensaba “¿esto son las famosas contracciones? ¡Yo puedo con ellas!”, pero al cabo de unas horas se volvieron cañeras y empecé a respirar profundo cada vez que venían y a despotricar cuando el dolor se iba que aquella no era la clase de parto que tenía en mente. Creo  que aguanté siete horas de contracciones provocadas y después de un “tú verás que haces, te queda mucho parto por delante”, decidí ponerme la epidural. Me eché una siesta impresionante de buena, pero el problema es que seguía sin dilatar (sólo había avanzado dos centímetros) y el gráfico del nene estaba como loco de arriba a abajo. Las matronas que me atendían estaban bastante preocupadas, así que  a media tarde dejaron de aumentarme la dosis de oxitocina y  empezaron a barajar la posibilidad de practicarme una cesárea. A las siete de la tarde vinieron más enfermeras y me prepararon para la operación: anestesia, me quitaron el mandil y me pusieron una sábana pequeñita, que te cubre del pecho al pubis, y rasuraron la zona de corte. Entramos en quirófano, me colocaron en una mesa enana con los brazos en cruz, vomité algo y empezaron con la intervención. Sólo note presión y más presión. De repente, Aitor lloró y las chicas dijeron: “¡Oh, mira! ¡Qué hermoso! ¡Pero si ya está criado!”. Creo que entonces lloré, me lo pusieron al lado de mi cara un segundo y se lo llevaron. Pero poco antes de acabar de coserme me entró una tiritona horrible que no paró hasta bien pasadas unas dos horas. Debe de ser normal, pero no tenía ni idea.

Después me trasladaron a la sala de observación con la tiritona y yo pidiendo una manta y pensando en mi botella de agua y en el nene. Debí de estar tan chunga que sólo quería a mi madre y a mi chico. Al nene me lo trajeron al cabo de un ratín, pero no pude tenerlo demasiado encima porque me encontraba muy mal con aquellos escalofríos. La fiebre me subió a 39 grados. Al final me calmé y me mandaron a la habitación. Con la cesárea, las enfermeras te levantan al de unas horas y  puedes empezar a beber agua a sorbitos. El problema es que justo un rato antes de poder levantarme con la ayuda de las auxiliares, el nene hizo su primera caquita de meconio y como mi chico  nunca antes había cambiado un pañal, fui un poco animal y me levanté como pude, andando como las muñecas de Famosa para ayudarle a cambiarlo. Entonces empecé a sangrar y aquello se convirtió en un caos. Las chicas fueron súper majas y me ayudaron a limpiarme, me dijeron que era una bruta y también muy valiente, pero una inconsciente por no esperarlas. Después de la regañina decidí no volver a hacer más burradas, que aquello dolía un rato. A todo esto, Aitor estaba súper tranquilo y no lloró casi nada.

Esta situación me dio mucha pena porque no pude ofrecerle ese contacto piel con piel del que todo el mundo habla y sueña. Todo fue del revés. Sí que se lo dieron al padre, pero el contacto tampoco duró mucho, ya que se lo llevaron enseguida. Ahora bien, en cuanto pude volver a ser dueña de mi cuerpo, no me despegué de él. Le miraba (aún le miro así) como pensando “qué cosita más bonita, has estado dentro de mí, no te falta de nada y encima eres terriblemente bonito. ¡¡¡Qué fuerte!!!”, escribe Almudena al recordar el milagro de la vida. El nacimiento de su hijo.

historia de un parto

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En las imágenes, Almudena y Aitor, que a los cuatro meses y seis días pesaba siete quilos y medio y medía 63 centímetros. ¡Menudo campeón! Feliz comienzo de semana a todas y muchas gracias, Almudena, por compartir tu parto con nosotras. ¡Besos!

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