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Etiquetas perniciosas

Hace dos semanas, Diario de una mamá pediatra publicó un post en el que cuestionaba con un polémico titular la existencia de la alta demanda. En el texto, se deducía que la alta demanda siempre ha existido, aunque con otro nombre: bebés llorones, y cuestionaba que las etiquetas fueran buenas para el correcto desarrollo de los niños. Su post me dejó reflexionando, pero no sobre la existencia de la alta demanda, de la cual no tengo dudas, sino de mi constante negación a escribir sobre el tipo de crianza que usamos. ¿Cuál usamos? Quizá algunos lo llamarán crianza de apego, pero la verdad es que me enfado demasiado como para ser considerada una santa devota de la crianza de apego. Así que prefiero inventarme un nombre y dado que mi máxima es “ponte en su lugar, ponte en mi lugar”, llamémosla crianza empática (insisto: ponte en el lugar de Emma, ponte en mi lugar, que yo también cuento).

Estaba destinada a ser una madre tradicional. Es lo que he mamado toda la vida, diría que como la mayoría de los que nacimos en los ochenta. Así que mientras estaba embarazada gustosamente leí a Estivill, quien me pareció impresionantemente lógico. Qué decir que por aquel entonces aburría cualquier enfoque que requiriera más trabajo por mi parte en la crianza de nuestra hija. ¿Colecho? ¡Ni-de-co-ña! ¿Lactancia prolongada? ¿¿¿Estamos locos??? ¿Y MIS pobres tetas, qué? A demanda los seis primeros meses y luego le introduzco el biberón, y ya verás que todo irá como la seda, ¿acaso no soy su madre?

Creía que haciendo todo lo normal conseguiría tener un bebé feliz y calmado, con todas sus necesidades físicas y afectivas cubiertas. Afortunadamente, mi matrona nos repetió constantemente una frase durante las clases de preparación al parto que adopté como un mantra: “No dejéis llorar al bebé, sólo tiene el llanto para expresarse”. ¡Gracias, Miren!

Esa fue toda la información sobre la maternidad que barajaba durante el embarazo. Luego llegó Emma. Enseguida apuntó maneras: no admitía ir en el capazo del carro ni estar tumbada en cualquier superficie horizontal mientras estuviera despierta, de la minicuna y cuna mejor no hablamos y necesitaba una eternidad para mamar (una de cada tres horas durante los dos primeros meses), tampoco soportaba perderme de vista. ¿El chupete, el biberón? Los compré de todas las formas y colores del mercado, además de todas las marcas de leches de fórmula. No aceptó nada. Y este es el punto crítico del relato. Es aquí cuando el interlocutor empieza a arquear la ceja y a no entender. Obviamente, porque creen que tu hijo es como el suyo. Creen que tu hijo es capaz de distraerse con una mosca, disfrutar viendo el cielo o pasarlo bomba en el gimnasio de bebés. Creen que todos los bebés aceptan un chupete y que es imposible que les entre entren arcadas cuando sostienen uno en la boca. Por tanto, probablemente crean que tu hijo es un mamador incompetente que además te usa de chupete (mala madre) y que te toma el pelo para colarse en tu cama. Creen que tu hijo es súper listo, en el mal sentido de la palabra, y tú súper tonta porque te la cuela siempre, además de una exagerada.

Pero la verdad es que tu hijo no es súper listo. Empiezas a darte cuenta de que tu hijo es el ser humano más lleno de instintos que has visto a lo largo de tu vida. Es un animalito (tu animalito) que no confía en nadie más que tu para sobrevivir en este peligroso mundo y, dado que no puede apenas desplazarse, considera que tiene que estar pegado a ti durante las 24 horas porque, de lo contrario, un lobo/león/serpiente/elefante se lo comerá, picará o aplastará.

Tampoco es cierto que tú seas tonta. Tras asumir que no tienes un bebé-mueble sino un bebé-animalito que te requiere full time pones las cartas encima de la mesa: “Veamos, Gessamí, necesitar comer, dormir, cagar y mear y, de vez en cuando, ducharte”. Para conseguir cumplir las cuatro necesidades vitales de mi vida y darme el capricho de lucir limpia de vez en cuando, asumí a mi animalito tal y como era y fue en ese preciso momento en que mi vida cambió para siempre. No porque empezara a colechar a la fuerza, ni porque cagaba dándole la teta a mi hija. Tu vida cambia porque te haces forofa de Bruce Lee: “Be water, my friend”.

Pero sigue habiendo un problema: las personas de tu entorno quizá no sean fans de Bruce Lee. Lo bueno es que esas personas probablemente sean tu marido, tus padres y tus suegros, además de los amigos, y te quieren. ¡Aprovéchate de ello! Recuérdales lo capullos (poco empáticos) que están siendo y lo mucho que te está costando a ti, que por cierto también querías un bebé-mueble, acomodarte a la situación y sobrevivir dignamente a la maternidad.

Volvamos al bebé. Cuando eres agua y te pones en el lugar del bebé consigues calmar sus instintos y ofrecerle los estímulos que él necesita: contempla feliz el mundo en vertical. Con tu piel se tranquiliza siempre. Y tomando teta a demanda crece a tutiplén. Y no llora, obviamente. Ni gota, excepto por el cambio de pañal, que le enerva, y el baño, que no le tranquiliza. Pero eso es innegociable y así se lo transmites a tu bebé: “Tu santa madre te dice que no y ¡no es que no, coñen!”. Había avisado: me enfado frecuentemente.

Dado que el bebé apenas llora y que tu ya comes, meas, cagas y duermes en tandas de dos horas, más o menos sois felices. Porque un zombi acepta que es feliz con muy poco. En este momento del partido, piensas que tu hijo va a ser un poco diferente el resto de su vida. Cuando ves el vídeo de Carnaval de la guardería, te das cuenta de que tu bebé de once meses es el único que está en brazos de un educador, viéndolo todo y aún con cara de miedo, mientras el resto está sentado en el suelo a la expectativa, sin contemplar la posibilidad de que un león venga a comérselos.

Sin embargo, es curioso cómo evoluciona todo. Ahora que Emma tiene casi cuatro años me entran ganas de gritar al mundo entero ¡chúpate esa! porque tengo a la mejor hija que podría tener. Vale, sigue durmiendo en nuestra cama aunque hemos hecho avances (dos noches enteras en la suya en lo que va de año). Vale, nuestra vida es una negociación constante y algo extenuante, pero tengo una hija muy observadora, capaz de distinguir lo importante de lo irrelevante, capaz de expresar sus ideas, deseos y temores y empática con el dolor ajeno.

Volviendo al post de la doctora Amalia Arce, comparto con ella que las etiquetas son nocivas. ¿Cuántos niños viven con la cabeza gacha porque sus padres les hacen sentirse como ineptos o menos queridos que al hermano preferido? Las etiquetas son muy peligrosas. Por eso creo que la alta demanda no debería ser una etiqueta para colocar en el pescuezo de los niños. La alta demanda es un concepto revelador para los padres, que supuso un gran alivio para mí y que me liberó de malos pensamientos (“lo estoy haciendo mal”, “¿por qué mi hija es así?”, etc.). Y eso que ni siquiera tengo a una hija de alta demanda de manual, ya que no es hiperactiva. ¿Demandante a secas? ¿¿¿Cómo es la vida de los padres de alta demanda con hijos hiperactivos???

La alta demanda debería ser un concepto útil para las familias, educadores y sanitarios que nos permita explicar lo que ocurre en casa, en el coche, en la calle, en la escuela y en la consulta médica y que evite que nos tilden de malos padres, de consentidores, de niños llorones o pesados. ¡La de patadas en el culo que da a otras etiquetas ese concepto! Porque los bebés y niños de alta demanda no tienen problemas ni patologías, simplemente nos necesitan más y nos lo hacen saber constantemente. Si acaso existe un problema con la alta demanda, el problema claramente es nuestro porque debemos bregar con un cansancio infinito y una fuerte personalidad que, insisto, estoy segura que a la larga es muy positiva, ya que no quiero que mi hija sea una oveja que siga al rebaño, sino una mujer fuerte que siga escuchando a su instinto. El problema de la alta demanda somos nosotros, ¡los adultos incomprensivos y marimandones!

Así que entiendo perfectamente la preocupación de Amalia sobre la etiqueta. Las familias no deberíamos usar ese concepto delante de los bebés y de los niños. Ni ésta ni ninguna otra, eso lo aprendí de mis amigas Alba y Goiatz (¡gracias!). Ni tampoco exigirles lo que desconocemos, como su futuro. Y relacionar la alta demanda con las altas capacidades me parece, como a Amalia, absurdo. Básicamente porque nuestras memeces de adulto pueden pisotear a la larga la mente brillante de todos nuestros hijos, contagiándoles con nuestros prejuicios y desanimos  y coartándoles su creatividad. Y porque creo que la inteligencia no es una puerta que conduce a la felicidad. De hecho, la inteligencia me parece poca cosa en comparación con la constancia y la tenacidad y con la habilidad para relacionarse con nuestro alrededor (inteligencia emocional, don de gentes, esas cosas). Por no hablar de que mi hija no tiene pito… Lo cual, en una sociedad machista como la nuestra, hará que tenga que esforzarse mucho más para conseguir un 29% menos de media del salario de sus compañeros con pitilín.

Supongo que por todas esas cavilaciones, que juntas ocupan tanto espacio, apenas había escrito sobre alta demanda como concepto. Porque cuando se habla de algo, se le otorga más importancia de la que tiene y puedes entrar en un bucle, que intuyo que es lo que le gustaría evitar Amalia. Y es más, si me preguntan ahora sobre alta demanda, creo que mi hija ya es normal, que ha dejado de ser demandante, dado que ahora lo es mucho menos que cuando era bebé. ¿Normal? ¡Menuda palabra más fea! Creo que todos los niños son súper especiales (y la mía más, que para algo soy su madre 😉 ). Por último, si os encontráis en pleno proceso de demanda hasta el infinito (diría que en nuestro caso eso ocurrió hasta los tres años, ¡chicas, hay futuro!) lo mejor que he leído está publicado aquí, en ¡madre primeriza! ¡yeah, yeah, yeah! Gracias al fantástico post que escribió y dibujó BegoBolas. Claro, conciso y sincero.

Pedazo chapa la de hoy… ¡Una semana y media me ha costado escribirlo! Dudo que alguna haya llegado hasta aquí, pero me apetecía escribir mis desvelos iniciales de madre primeriza y lo aprendido hasta hoy. Gracias, Amalia, por abrir un debate que me parece muy interesante.

En la imagen, un avión adelantando nuestro avión en el vuelo Bilbao-Dusseldorf las pasadas Navidades. Ese avión nos adelantó, pero nosotros llegamos a nuestro destino en hora y sin apenas turbulencias. Ejem, mis fotos y mis rudas metáforas…  ¿Alguna vez os he dicho que me gusta jugar?

Posdata: A día de hoy soy capaz de relativizar, pero los primeros meses y años fueron duros de narices.

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