Vivir en un caserío

Tribulaciones, motivos y deseos

Todo empezó con un inocente “¿y si miramos en internet a ver qué hay?”. De pronunciar esa frase a alquilar un caserío en medio de un valle y poner nuestro piso en alquiler (y encontrar inquilinos) no ha pasado ni siquiera un mes. Han sido unas semanas locas en las que hemos estado muy nerviosos e incluso hemos entrado en negociaciones sobre la necesidad de ampliar la familia: el gato ratonero se da por supuesto y el perro a mi me parece que, además de un gran compañero, es necesario para la vida en el campo. Mi querido teutón no opina exactamente igual, aunque lo tengo a puntito de claudicar. ¡Ah, el campo! Os voy a contar una anécdota que en agosto me hizo reflexionar acerca de la vida en la ciudad de Bilbao: cuando Emma y yo regresamos de nuestro maravilloso viaje a Berlin, donde pasó largas horas en frondosos parques jugando medio desnuda y descalza en la arena y con agua, la niña se llevó un chasco tremendo al llegar a casa. Al día siguiente, cuando todavía tenía la maleta en el salón y llegó la hora de bajar al parque, Emma cogió sus amados amigos el señor cubo y la señora pala y los metió dentro de la maleta, me miró y puso unos ojos que claramente decían: “Mamá, volvamos a esos parques tan divertidos”. Me partió mi corazoncito de madre primeriza. Además, dejadme explicaros otro asunto que llevo en secreto: estoy hasta las narices de bajar ¡cada tarde! al parque. Por eso cuando mi marido me preguntaba la semana pasada “¿pero estás segura, no? En el caserío apenas verás a gente“, le respondí tranquilamente: “Ni te imaginas las ganas que tengo de abrir la puerta de la cocina después de la merienda y decirle a Emma, ¡vamos a la huerta!”. O al arenero que le pienso construir… Con mi hija y la naturaleza en casa tengo suficiente, al menos de lunes a viernes.

Y es que muchas personas han expresado sus lógicas dudas sobre mi aceptación de la vida de campo. “Gessamí, con lo urbanita que tú eres…” . Yep. El adjetivo es absolutamente correcto, no lo niego, pero la vida cambia y aparecen nuevos deseos y necesidades, ¿verdad? Lo único que me dará una pena terrible y que me hará derramar más de una lagrima el último día será la guardería. Dejar Dolaretxe, donde tan bien nos han tratado y donde tanto hemos aprendido, nos resulta duro. Se me hace un nudo en el estómago cuando pienso que con año y medio Emma tendrá que decir adiós a sus amigos y a sus segundas madres (que es como veo a sus cuidadoras Olaia, Maddalen y Natalia). De hecho, éste fue el único motivo que a su padre y a mi nos hizo poner en duda la idoneidad de una mudanza: “Sólo si encontramos algo que realmente merezca la pena”, acordamos a primeros de septiembre. Y llegado este punto algunas os preguntaréis sobre mis mamás-amigas. ¿Las echaré de menos? ¡Claro! La vida del caserío llenará nuestras tardes de lunes a viernes, pero cuando llegue el fin de semana esperamos tener un montón de visitas y, de vez en cuando, iremos a Bilbao. Nos veremos menos, es cierto, pero los encuentros serán de más calidad y eso me encanta. De hecho, como les explicaba ayer a Mónica y a Ainhoa, las mamás de Erik y Marc, ni siquiera tengo intención de hacer nuevas amigas. Adoro las que tengo y me siento muy afortunada por haberlas conocido. Por eso haré todo lo posible por conservar esas amistadas que nacieron con nuestros hijos y que siguen creciendo con ellos.

El blog continuará desde el caserío, aunque quizá con algún post difícil de entender desde la perspectiva urbana… Por ejemplo, ¿Cómo ser una mamá sexy con botas de montaña?, ¡jeje! Pero lo que también tengo muy claro es que este espacio virtual me ha aportado tanto que no estoy dispuesta a cerrarlo por mucho tiempo y dedicación que me exija. Todas vosotras me habéis hecho enormemente feliz. ¡¡¡Mil gracias!!!

Con este post quería contaros con más detalle cómo se ha fraguado nuestro próximo cambio de vida, que empezó con el nuevo trabajo de mi chico. Los dos estamos muy ilusionados y encantados. Él lleva casi cuatro años en Bilbao y yo ¡trece! Estamos deseando un cambio y vivir en un caserío cumple todas nuestras más altas expectativas. ¡Un súper abrazo otoñal!

En la imagen, unos caballos pastando en el monte de Orduña. En verano, los caballos del vecino entran al terreno de nuestro caserío para comer la hierba y, en invierno, nos visitarán las ovejas. Es un acuerdo entre caseros, que a uno le permite tener hierba gratis para los animales y al otro trabajar menos para mantener limpio el jardín.

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