Análisis histórico y médico

Las lectoras habituales ya conocéis al pediatra Ramón Ugarte de una entrevista que le realicé recientemente. Hoy tengo el placer de invitaros a leer este post que no está escrito por mi, sino por el doctor Ugarte. Si sus cargas laborales se lo permiten, seguiremos manteniendo esta colaboración de carácter mensual en la que abordará temas candentes sobre crianza desde su punto de vista. Empezamos con un post sobre el colecho, que él divide en tres tipos: el cultural, asumido y reactivo. Aquí no tenemos pelos en la lengua ni queremos hacer campaña de nada ni de nadie. Así que espero que encontréis en esta entrada material interesante de lectura y no perdáis de vista que se trata de una reflexión realizada en base a unos amplios conocimientos médicos. Disfrutad:

“Sobre el colecho habría que hacer una larga reseña histórica. Ya en la Biblia, en el Libro de los Reyes, se menciona el reproche a la madre que encuentra a su bebé muerto en la cama. Hasta un Papa dictó una encíclica prohibiendo esta práctica. Dormir con los niños tiene una serie de connotaciones morales (evitar el incesto ante la sociedad, crear en el bebé independencia y autonomía, por ejemplo) fruto del ambiente religioso y social. Sin embargo, en otras culturas dormir, comer, honrar a los difuntos, celebrar las cosechas y todas las actividades sociales se hacen en colectividad. Comen con los niños y duermen con los niños como una actividad normal. Esto es un colecho cultural, presente en muchos países.

Tampoco podemos olvidar que el colecho ha sido (y tal vez lo sea en algunas culturas) una manera de infanticidio selectivo ante situaciones económicas adversas. Como tampoco podemos olvidar que en situaciones de pobreza es impensable que algunas familias puedan disponer de mobiliario ex profeso para el bebé. Los antropólogos siempre han defendido el colecho como una actividad natural, propia de todos los mamíferos. Esto es incuestionable, pero no todo lo natural debe ser forzosamente bueno. En este sentido, habría que entender que el colecho supone un riesgo de estrés fisiológico para el bebé (ambiente térmico elevado, atrapamiento por parte de los padres, asfixia, etc.) y es seguro que algunos de esos bebés fallecerían como consecuencia de la selección darwiniana. Esto que comento es una observación fácilmente constatable en cachorros de mamíferos.

Los médicos, antropólogos y todos aquellos colectivos que propugnan el colecho esgrimen como razón fundamental el favorecer la lactancia materna. Esto puede o no discutirse en base a los datos de la literatura médica -yo no los cuestiono-, pero tampoco creo que el colecho sea condición imprescindible para garantizar una lactancia materna exitosa. Por otra parte, el discurso lleva a términos equívocos para algunos médicos y con más razón para legos. Se habla de síndrome de muerte súbita del lactante (SMSL). El SMSL se produce en lactantes sanos en los que no se encuentra ninguna causa médica de la muerte que lo justifique (es mandatorio la práctica de una autopsia rigurosa que no revele ningún dato de causa del fallecimiento). Sobre SMSL se han producido miles de escritos controvertidos. Incluso, los defensores del colecho dicen que disminuye el riesgo de SMSL porque los niños, compartiendo la cama de la madre, duermen más tiempo en estados de sueño más próximos a la vigilia que los que duermen en las cunas y, por tanto, ante una situación de alerta pueden estar en mejor disposición de evitar ese acontecimiento fatal. Pero además del SMSL sensu estricto, hay otras causas de fallecimiento de un bebé en la cama de los padres y es lo que se llama la muerte súbita inesperada de un lactante (Sudden Unexpected Infant Death, SUID). Creo que a los padres no les interesa la taxonomía forense de la muerte de su bebé, sino que hayan sufrido tan grave pérdida. Por tanto, hablar solo de SMSL es limitar la discusión.

La corriente científica oficial (propugnada por la Academia Americana de Pediatría) contraindica el colecho. No obstante, creo que las familias deben tomar sus propias decisiones en cuanto a la crianza de sus hijos tras recabar una información rigurosa y contrastada. No considero que la comodidad para la madre o la eventual mayor garantía de la lactancia materna tenga que prevalecer sobre los riesgos de fallecimiento del bebé (SMSL más SUID). Pero si la familia así lo decide, habrá que informar sobre cómo minimizar ese riesgo, al igual que hay que hacerlo en el colecho cultural.

Nuestra cultura europea no propugna el colecho y en algunos países como Suecia se promulgó una Ley Penal (siglo XVIII-XIX) que prohibía el colecho y que ocasionó una disminución de la muerte de bebés en la cuna. Este control y registro de nacimientos y fallecimientos eran realizados, pueblo a pueblo, por los pastores protestantes suecos, que además de las penas sociales imponían penas religiosas como prohibición de entrar a la iglesia, a aquellas madres a las que encontraban con un niño muerto en la cama. En nuestra cultura, nosotros hablamos de nanas o canciones de cuna, no canciones de cama. Sin ir mas lejos, en la cultura vasca, el Haurtxo Polita menciona la cuna (sehaskan dago, dice la canción).

Por eso digo que, en mi opinión, hay un colecho cultural (el que puedan practicar en Asia, Centroamérica y en otras partes del mundo no occidentalizado), un colecho asumido en base a criterios médicos (familias que creen que el colecho, sin ser cultural en nuestro medio tiene más ventajas que inconvenientes; ese no es mi criterio) y, finalmente, el colecho más frecuente es el colecho reactivo, consecuencia del binomio madre-bebé que es incapaz de regularizar el sueño de esa pareja y que termina acostándole en la cama de los padres como solución al problema, reaccionando así ante una situación para la que no se les ha proporcionado otras alternativa”.

En la imagen, la cuna de Emma, que sólo utilizó de forma esporádica después de dormir en la cuna Look at me y antes de pasar definitivamente a nuestro mar de colchones. Mañana os traigo una fotografía y una explicación sobre cómo colechamos nosotros.

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