Mi historia

Cuando nos mudamos de Bilbao al caserío, tuve que superar el miedo a conducir porque cada día necesitaba el coche para ir a cualquier parte. A los 19 años me saqué el carné y no volví a tocar un coche. De niña tuvimos dos accidentes y esas cosas marcan. Pero ese maravilloso paisaje de Mallabia, esa naturaleza a nuestro alcance a cambio de superar un miedo paralizante… Bueno, me lo tomé como un gran reto y estas son mis sensaciones personales y no sé si te funcionarán si te ocurre algo parecido, pero aquí van:

Antecedentes

Soy consciente de qué puede ocurrir en un accidente de coche: heridas de todo tipo, recuperaciones cortas o largas, la muerte, dolores emocionales de distinto grado en familiares y amigos, y un desbarajuste de la vida enorme. En el primer accidente tenía seis años y casi la palmé. Pero en realidad eso no fue duro para mí, sino para mi familia, porque con seis años no era consciente de lo que ocurría a mi alrededor, aunque siempre recordaré la expresión de mi padre al entrar en la UCI cuando desperté del coma y también recuerdo con nitidez qué le dije: “Papá, pareces un payaso”. ¡Niños! Te sueltan cada cosa 😉 Él tenía la cara amoratada: azul, lila, amarilla; en los ochenta los Seat no tenían airbags. Fue mucho más tarde cuando realmente empecé a odiar los coches, los asfixiantes y claustrofóbicos parkings y todo lo relacionado con los hospitales, que me parecían tediosos y volubles. Y es que las recuperaciones son lentas. Fue una suerte que sólo tuviera seis años porque tuve los ocho años siguientes para enderezar la columna y que se disiparan los tres centímetros de diferencia de longitud entre pierna y pierna. A los 14 años el traumatólogo me dio el alta y, como siempre me recuerda mi madre, al día siguiente ya no volví a la piscina. Había pasado los siete años anteriores nadando para que la escoliosis remitiera, para crecer en una postura recta sin la espalda torcida y bajo la amenaza del corsé. Y oigan, funcionó. Pero además de esa larga recuperación que me dejó esbelta y sin cojera, en medio tuvimos otro accidente de coche. Poca cosa en comparación con el otro y de recuperación rápida, sin embargo, me resultó mucho más amargo. ¿Por qué otra vez a nosotros? ¿Qué mierda de suerte era esa? No lo digerí bien y fue entonces cuando empecé a menospreciar los desplazamientos en coche y a sentir pánico.

Luego, en la edad adulta, los años que dediqué a escribir artículos de sucesos siguieron alimentando mi visión apocalíptica de seres humanos motorizados irresponsables.

 

Descubrimiento

Sin embargo, cuando empecé a conducir descubrí otra cosa igual de importante que va más allá de la irresponsabilidad y que es obvia para cualquier conductor experimentado: los conductores miedosos podemos producir tantos accidentes como los temerarios. Es algo que me habían repetido hasta la saciedad y que comparto plenamente. La circulación viaria es una especie de milagro en la que decenas, centenares, miles de personas conducen casi siempre al unísono pacíficamente. Y ahí es donde fallamos los malos conductores por miedo. ¿Cuánto he tardado en superarlo? He de reconocer que bastante… Me río de la Ele de un año que llevan los conductores noveles. Y, ojo, que quise ponerme una pero me advirtieron de que es ilegal. Me costó dos años largos unirme al tráfico fluido como una conductora más y mi batalla a bregar fueron las autopistas y autovías. Conducir a gran velocidad, vamos. (Porque la velocidad es la principal causa de muerte; si te estampas a 100 km/h es raro que sobrevivas para contarlo).

El camino

Durante esos dos largos años he gastado mucha más gasolina de la necesaria. Mi pánico o miedo irracional, como quieras llamarlo estará bien, se centraba en las autopistas. No soportaba conducir tan rápido como el resto de conductores y solía recordar que si tenía un accidente a 120 km/h era improbable que sobreviviera al impacto. Y mi hija tampoco… ¡Auch! ¿Y qué me dices de las incorporaciones a las autovías y autopistas? ¿Y los adelantamientos en esas vías? Todo lo que implicara acelerar me ponía cardíaca. No en el sentido figurado. En el sentido literal. ¿Cómo he superado entonces esos ataques de pánico en medio de la autopista en los que me faltaba la respiración y creía que iba a chocar contra un quitamiedos si no me paraba antes de desmayarme? Bueno, he aquí cuando mi parte racional del cerebro entra en juego. Debo decir que ha sido una lucha muy ajustada: el raciocinio frente a mis miedos más viscerales (que yo creo que están francamente bien motivados). Un lucha de titanes. Y creo que ganó el raciocinio porque al final nunca llegué a parar en el arcén de la autopista. Eso hubiera sido un error terrible psicológicamente y, además, realmente habría puesto en grave peligro a mi hija, que siempre iba sentada atrás en su silla. Vamos, que por ella no hice el tonto, que sino… ¿Qué hice? No, no te creas que seguí conduciendo por la autopista y que al final el ataque de pánico se disipó por sí solo y superé mis miedos más irracionales en un chascar de dedos. ¡Ojalá! Ese disiparse llegó a pasar, pero pasó tras varios intentos fallidos. ¿Y qué hacía cuando no lograba superar esos ataques de pánico? En algunas ocasiones cogía la primera salida que encontraba en la autopista y en otros pensé que se iba a pasar y seguí conduciendo, hasta que cogí la segunda salida con un inmenso alivio. He hecho muchos kilómetros de más por carreteras nacionales y comarcales para superar mi miedo a conducir.

Y aún queda otra situación peliaguda: los adelantamientos. Ahora adelanto que da gusto y Emma me dice “¡adelanta, mamá! ¡Adelanta ese camión!”. Pero durante bastante tiempo me ponía detrás de un camión y lo seguía hasta que cogía mi salida. De Mallabia a Bilbao sólo son veinte minutos por la A8 (30 si sigues a un camión) pero imagínate cuando vamos de Bilbao a Alemania… Bueno, he aquí mi terapia de shock: móntate en el coche con tu maridín al caer la noche, cuando la madrugada haya entrado, procura estar en Francia (benditas autopistas de tres carriles), que no sea sábado y víspera de festivo (los camiones tienen prohibida la circulación) y empieza a adelantar camiones como si no hubiera mañana. En mi gloriosa madrugada de terapia de shock adelanté cincuenta vehículos pesados. Primero por el carril de más a la izquierda dejando el central vacío, y luego por el central. Como toca. Me di por curada. Desde entonces ya no siento pánico al adelantar otro vehículo. No creo que me vaya a morir ni a empotrarme contra él. Simplemente lo adelanto de forma competente: intermitente aquí, intermitente allá. Mirada al retrovisor, giro de cabeza rápido para comprobar los ángulos muertos. ¡Y voilá!

Contado así tiene hasta su punto de gracia y quizá haya logrado que entiendas mis sentimientos, desde los más irracionales a los miedos más motivados. Pero la cuestión es que los que me conocen bien saben que este ha sido un punto débil durante toda mi vida y haberlo superado me hace sentir muy orgullosa de mi misma. Si sientes algo parecido y realmente necesitas conducir, te deseo mucha fuerza y ánimo para enfrentarte a tus demonios. Cada persona tenemos los nuestros y no hay nada vergonzoso en ello, pero tampoco hay demasiadas cosas en esta vida que no podamos superar. Incluso puedo decirte que hoy en día conducir me da placer: me monto en el coche, enciendo la radio y disfruto del camino con serenidad. ¡Feliz semana!

El vídeo digamos que es una toma falsa. (Pero es que con maridín de cámara no hay tomas buenas jor, jor!)

 

 

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