mordiscos bebé

Mordiscos, tirones de pelo y arañazos

Los mordiscos entre bebés y niños de uno hasta tres años se consideran normales. Es decir, normal en el sentido que es una conducta que se puede producir pero que hay que reconducir. Os cuento. Emma y X se conocen desde hace mucho tiempo. Pero desde hace aproximadamente seis meses, las pocas veces que Emma y X se han visto, X la ha arañado, tirado del pelo o mordido. ¡Ups! Tanto en casa de X, como en casa de Emma y también en escenarios neutros (parque infantil). Al principio de la etapa mordedora de X, Emma estaba en la fase en la que toleraba que le cogieran el juguete sin quejarse. Ahora es diferente: es tremendamente posesiva. Por tanto, después de pasar dos días con X en el caserío la fiera (que al lado de X me parece una gata mansa) terminó con varios arañazos en la cara, un mordisco en la mano y otro en el brazo. X es un sol y su madre asegura (y yo la creo) que con niños mayores no se mete. Pero Emma, a pesar de que le saca una cabeza, es medio año más joven. No sé si esa diferencia de edad es notoria (¿no debería serlo también que Emma le gane en estatura y en peso?), pero la cuestión es que creo que al final la madre de X terminó con cierta congoja en el cuerpo y yo intentando moderar el tono cuando le echaba la bronca a su hijo (cosa que no conseguía del todo y terminaba pelín energúmena). Y he aquí mis dudas:

¿Debía echarle la bronca a X? No sé lo que es conveniente, pero era lo que el cuerpo me pedía. Porque aunque intentaba evitarlo, a cada mordisco o tanteo de mordisco entraba en pánico (ya sabéis, en plan “¡oh, mi pobre hija está siendo atacada”). Pero después de racionalizarlo he llegado a la conclusión de que sí debía echarle la bronca por varios motivos: primero, para que el niño vea que yo estoy disgustada con su actitud, para que Emma observe que su madre la defiende y, lo más importante, porque a veces pienso que nuestros hijos hacen más caso a otros adultos que a sus propias madres.

Me explico. Emma no es una santa. Y en el parque infantil a veces la he visto con la mano y la pierna muy larga. Sin embargo, gracias a un intenso trabajo por parte de la guardería, la niña ha sabido reconducir sus intensos deseos de defender lo suyo (o lo que cree suyo) sin agredir. ¿Mis advertencias y disciplina hubieran surgido el mismo efecto? Ay, no sé si soy tan eficaz como sus ex educadodras Natalia y Olaia. Por cierto, próximamente hablaré de su nueva guardería.

Otro punto peliagudo de encontrarse en una situación así es la tirantez que puede derivar entre las madres. En el momento en que se produce la agresión, las madres tendemos a sobreproteger a nuestros niños: “¡Ay, pobre hijita mía, que le han mordido!”, “¡Uy, pobre hijito mío, que no sabe expresar sus deseos de otra forma!”. Creo que ambas reacciones son las correctas. Al fin y al cabo, cada una tira hacia su retoño. El problema surge en si sabemos superar esa situación como adultos. En nuestro caso, le quitamos hierro hablando en general sobre la conducta de morder y otros apasionantes asuntos sobre la crianza. No obstante, debo reconocer que me parece muy sencillo terminar a malas entre nosotras y terminar juzgándonos mútuamente: “No sabes contener a tu hijo”, “Tu hija es muy posesiva”, bla, bla, bla.

Y esto es sólo lo primero que nos encontraremos en nuestra larga historia como madres, ya que de éstas (de encuentros y desencuentros) nos esperan un montón. Supongo que lo inteligente es contar hasta diez y tratar de valorar las cosas con frialdad, porque esto es una chorrada ¿pero qué pasará en un futuro? Los profesores suelen quejarse de que los padres defienden a capa y espada a sus hijos sin querer ver las faltas que los chavales cometen. La verdad es que estoy totalmente de acuerdo y espero que, si llega el momento, sea capaz de entender que mi hija no es una santa (aunque a mi me lo parezca).

En la imagen, Emma en el supermercado BM, que está fantásticamente equipado con carros para niños. Ahora en vez de ir al parque infantil vamos de compras y la enana ¡se lo pasa pipa!

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