Relato del parto de una mujer en el París invadido por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial

Una historia de parto en el Paris de 1941

“Durante el verano de 1941, mi abuelos vivían en el barrio de la Isla Saint Louis, en pleno corazón de París. Se habían casado un año y medio antes y esperaban la llegada de su hijo, mi padre, Mi abuela tenía 19 años y mi abuelo 20. París estaba ocupada por los alemanes y la segunda guerra mundial golpeaba con fuerza a Europa. Se habían conocido en el tren que los llevaba a los dos al trabajo en una tarde que, según ellos, no había sitio para sentarse. Mi abuelo, que sí estaba sentado, en vez de cederle el sitio curiosamente le propuso que se sentara en sus piernas, lo que mi abuela no rechazó porque dice que sus ojos azules la hipnotizaron. Ahí empezó todo.

Mi abuela cuenta que cuando presintió que estaba embarazada fue al médico en el hospital, que la examinó y le confirmó sus dudas por los constantes vómitos. Le dijo que se cuidara y, como ella misma dice, no volvió a ver a ese médico hasta el día en que nació mi padre, y no porque él estuviera en el parto. Le vio cuando pasó al día siguiente a revisar a las madres primerizas. Ningún control durante 9 meses, que ella dice fueron bastante buenos.

En el racionamiento de comida, ella tenía derecho a un poco más de leche y azúcar y pudo beneficiarse de ello el tiempo que duró la guerra. Mi abuelo trabajaba en una bodega de vinos, lo cual le permitía tener un mínimo de comida al margen de la cartilla de racionamiento intercambiando vino por otros productos. Asegura que tuvo mucha suerte con respecto a muchas otras personas, porque jamás le falto de nada y contó con la amabilidad de muchas personas que le daban unas cuantas frutas para que las disfrutara, como el de la frutería de su barrio, que tenía unos albaricoques y se los dio porque le dijo que así su bebé tendría una piel preciosa. Los devoró enseguida.

En la mañana del 10 de julio del 1941, mi abuela estaba en casa con su suegra cuando empezaron las contracciones. La ciudad llevaba varios días con un calor infernal y ella ya tenía ganas de dar a luz en cuanto antes. Como el hospital, el Hôtel Dieu, quedaba en la isla vecina, l’Ile de la Cité, al lado de la catedral de Notre Dame, sólo tenía que caminar un poco, cruzar el puente y ya llegaba. Así que se fue caminando con su suegra hasta el hospital, pero se encontró con un control militar de los alemanes que verificaban los papeles de identidad. Al verlo, se preocupó que no la dejaran pasar rápido con las contracciones encima. No sabe si fue por verla en estado que la dejaron pasar, de manera bastante expeditiva, por lo que no tuvo que esperar mucho.

Dice que al llegar al hospital la pusieron en una sala donde había muchas más mujeres. Camas muy sencillas, nada de confort y poca intimidad. Nadie pudo acompañarla, estuvo sola aguantando con las matronas y las enfermeras y con otras 6 mujeres que estaban dando a luz con ella. Y ese tiempo sin la compañía de su marido y de su familia duró 18 horas. Mi padre no quería llegar y ella estaba muy asustada, como lo podía estar una chica de 19 años que poco o nada sabía sobre partos. Lo que pensaba es que el bebé podía nacer con algún problema o que ella también tuviera algún problema porque las mujeres de su familia le hablaban mucho de las mujeres que morían en el parto y que el dolor era insoportable pero que así tenía que ser. Una cantidad de miedos que años después ella analizaba y pensaba que eran una gran tontería.

Durante las 18 horas, el calor dentro del hospital fue insoportable (insistía mucho en el calor) y le quitaba fuerzas para empujar y empujar. Ninguna epidural, sólo algunas inyecciones de lo que ella supone, serían unos calmantes, pero que no sentía que le ayudaran en nada. Dice que entonces empezó una buena tormenta de verano, de esas cuando el calor se acumula durante días. Y al cabo de un rato, un trueno enorme la ayudó, o la alivió, y mi padre nació. Siguiendo sus palabras: mi padre salió. Curiosamente, recuerdo que cada vez que había tormentas en verano y pasaba vacaciones con ella, decía que las tormentas la aliviaban de todo, que la calmaban mucho.

Cuando vio a su bebé por primera vez, lo primero que pensó fue “¡pero qué feo es!” porque ella creía que iba a ver un bebé perfectamente limpio y con sonrisa de anuncio. Al día siguiente, vino el médico a decirle que todo estaba muy bien y que tenía un bebé muy sano y muy guapo. Anécdota curiosa: cuando éste se marchó, mi abuela vio como le dio un pellizco en el culo a una enfermera. Se reía mucho cuando lo contaba.

Estuvo unos días en el hospital, en donde por las noches no durmió con el bebé, ya que se lo llevaban a un nido con otros niños. Pero sí le insistieron mucho en la lactancia materna. Es más, semanas después, le analizaron la leche para ver si era buena para el bebé y le dijeron que era muy nutritiva y muy cremosa. Animada por ello y por las dificultades de la guerra, le dio pecho a mi padre hasta los dos años. No sé si tiene que ver, pero es ahora un señor muy guapo de 1,85 metros (pero esto es sólo mi opinión subjetiva de hija, ¡je, je, je!).

Esto me lo contó en febrero de este año, cuando fui a presentarle a Xabier, su bisnieto. Anteriormente ya había hecho comentarios al respecto, pero nunca con detalles. Escribiéndolo, tengo la sensación de oírla, ella está muy presente en mi día a día. Nunca la olvido y la echo mucho de menos. Ella es para mí un ejemplo de mujer que siempre fue muy moderna y muy independiente. Te envío una foto para que la veas tal y como la recuerdo, feliz de ver a su bisnieto a los 90 años“.

Sylvia, siempre me emociono cuando las lectoras os animáis a compartir vuestras historias de parto, pero este relato me ha dejado sin palabras. Por una parte, me ha trasladado al París de 1941 y, por otra, siento la carga emotiva que le acompaña. El nacimiento de una vida (la de tu padre) y el recuerdo de una pérdida (la de tu abuela). Muchas, muchas gracias de todo corazón.

En la preciosa imagen, la abuela de Sylvia acunando a su bisnieto Xabier y acompañada de su propio hijo, que nació con un trueno. La abuela de Sylvia falleció el pasado 16 de mayo.

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