Maternidad

Antes de quedarme embarazada, nada me parecía más importante en este mundo que quedarme embarazada. Realmente era mi objetivo en la vida. Popularmente, esa llamada tan fuerte del cuerpo es conocida como el reloj biológico. La maternidad está llena de sensaciones fuertes, viscerales, instintivas y biológicas y muchas de ellas son inexplicables, por lo que da vergüenza compartirlas con otras personas, incluso con tu pareja. Cuando Emma estaba en la barriga, la llamaba cariñosamente la alienígena. Luego le pusimos nombre, aunque a veces seguía llamándola así. Estaba dentro de mi cuerpo, pero no era yo ni una parte de mi. No era un brazo, ni un órgano vital. Era algo que me parecía muy maravilloso y un poco raro. Cuando nació, entendí por qué la gente se refiere a ello como al milagro de la vida. ¡Aquél bebé era increíble! ¡Y lo había hecho yo! Sin embargo, había algo que seguía sin encajar. Emma era Emma y yo era yo. No tuve depresión posparto ni baby soul. Era enormemente feliz y estaba realmente orgullosa de la pequeña, pero se me hacía muy  raro cuando alguien se refería a ella como mi hija y a mi, como a su madre. “Ay, qué orgullosa está mamá de ti”, le decían a veces. Y yo pensaba: “¿Mamá? Mhhh… Sí, bueno, estoy muy orgullosa de ella”. Y sí, me sentía madre, así, en general, ¿pero mamá? ¿Mamá de Emma? Cuando hablaba con ella no le decía cosas como “mira que hace mamá” o “mira mamá como canta”. Simplemente, obviaba esa palabra. Raro, ¿eh? Nos pasábamos 24 horas al día juntas, no podía dejarla con nadie (me parecía como si me robaran los pies, ¿adónde iba a ir sin ellos?). Yo era yo y debía cuidar, alimentar y proteger a Emma, que era Emma. Yo era una loba y ella mi cachorro. Creo que esta definición es con la que me sentí más cómoda durante dos meses. Las dos éramos como unos mamímeferos del bosque que no pensábamos, sólo actuábamos. Pero un día, dos meses después del nacimiento, tuve lo que una lectora definió como el “orgasmo maternal”. Un subidón de amor y hormonas que situó a mis neuronas en su sitio: yo era yo y también era la mamá de Emma. Emma era Emma y también era mi hija. ¡Ay, Dios! ¡Mi hija! Mi marido dice que francamente no lo entiende. Tampoco lo entiendo yo, pero es como lo sentí. Supongo que cada madre establece de forma diferente y en tiempos distintos el vínculo materno. Y que éste tiene muchas ramificaciones y que se va engrosando a medida que pasan los días desde que el recién llegado llega a la familia y va creciendo e interactuando con nosotros.

En la foto, en el Hospital de Basurto, una servidora tras pasar 48 horas sin dormir y un parto instrumental. Pero feliz, la mujer más feliz del mundo. (Y todavía ahora, cuando miro esta foto me parece que me falta algo, ya que Emma no está en mi regazo).

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