De regreso a Bilbao

La adaptación a nuestra propia casa está siendo durilla. Nos dan las ocho, las nueve, las diez… incluso las once de la noche. La pequeña no se duerme a su hora, y luego se levanta tarde. Yo acabo derrotada y me voy a la cama enseguida, sin tiempo para pasar por el ordenador. Mi marido todavía no está aquí, vendrá el jueves, y sigo sola con la fiera. Hoy ha sido un día especialmente duro, pero muy, muy productivo. ¡A Emma le ha salido el tercer diente! Ha pasado el día en brazos y muy quisquillosa y ahora por fin descansa tras tomar paracetamol. Pero no sólo eso, ¡ya gatea hacia adelante! Dio los primeros pasos ayer en el parque, junto con otro bebé. La madre le había comprado una pelota y ese juguete, y no cualquier otro, les motivó a ambos a ir hacia delante por primera vez en sus vidas. Hoy le he comprado una pelota y ha repetido la hazaña. En el parque por fin se ha despegado de mis brazos y ha gateado un montón. ¡Qué orgullosa me he sentido! Estimularla con el balón ha sido un  descubrimiento, aunque no tan grande como comprobar que el parque infantil está lleno de ladronzuelos. Cuando no era madre, me divertía ver a los niños robándose los juguetes, peleándose por ellos y observar a los padres intervenir en las disputas, que a veces llegan a las manos (infantiles). Ha sido sacar la pelota de Emma y un montón de bebés y niños se nos han acercado con sospechosas intenciones. He controlado el tesoro de la pequeña durante mucho rato, pero cuando ella se ha hartado y se ha quedado ensimismada con las hojas secas que nos trae el otoño al suelo, la he perdido de vista y ¡zas! Ya nunca más supe de ella. Lección aprendida. Hoy os traigo esta historia de una de mis mamás blogueras preferidas, sobre cómo se siente después de comer antes y después de haber tenido hijos. A mi me pasa exactamente igual.

En la imagen, viñeta de Amber Dusick extraída de su blog.

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