El sueño del bebé

Uf, uf, uf. ¿Que la niña se dormía en su cuna con la ayuda de un móvil o incluso sola? Puro espejismo. Duró lo que duró: dos días. Lo suficiente como para hacerme ilusiones y escribirlo en el último post. Menuda actriz está hecha, la niña. En la intimidad, la llamo Emma la seductora, porque tiene una sonrisa tan bonita que no para de camelarme (y manipularme). También le digo que para lo pequeña que todavía es su cabeza, la utiliza de maravilla. ¿Cruel yo? Sólo un poco, cuando estoy franca y absolutamente desesperada. Como muchas sabéis, vivo como una esposa que tiene el marido enfermo y crío como una madre soltera que, además, tiene a la familia a varios centenares de kilómetros de distancia. Mi marido está sufriendo una complicada y angustiosa hernia discal prácticamente desde el nacimiento de la pequeña. Vamos, que ni la puede coger. Emma sólo sabía dormirse al pecho o en la mochila portabebés durante el día, porque en casa tampoco le funcionaba (sino la hubiera seguido malcriando todo y más). Así que esta es la tercera noche que la he dejado llorar en su cuna hasta que se ha dormido. Sí, señora. En el reloj del ordenador marcan las 22.42 horas y la fierecilla acaba de cerrar los ojos. Hoy apenas ha llorado (ni diez minutos), pero ayer y antes de ayer quise morirme durante los treinta largos minutos de llantos (entrecortados con sonrisas seductoras cada vez que entrábamos y pensaba que íbamos a cogerla). No os imagináis lo duro que ha sido ni lo mucho que me ha costado poner en práctica el maldito y eficaz método Estivill. Pero ya está. Funciona y ella duerme. Desde las ocho de la tarde que ha estado mamando hasta casi las diez de la noche todo ha ido bien. Y a las 22.30 horas ha empezado la función: llorar, entrar en su cuarto, decirle cuánto la quiero pero sin tocarla, etc. Por favor, decidme que no soy una mala madre. Sé que para las dos es lo mejor (ella duerme, ella descansa; yo duermo, yo descanso), pero ¡ay, mi corazoncito! ¿Y el suyo? ¿Qué tal estará?

En la foto, Emma flipando mientras su padre la cubre con los regalos que le envió su abuela paterna. Como veis, no llora (y motivos no le faltan), sólo protesta cuando su cuerpo roza o incluso presiente el mullido colchón de la cuna.

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