Crianza

A Emma le doy el pecho todo lo que quiere. ¡Así está de guapa y feliz! Pero la lactancia materna tiene un inconveniente: el bebé (al menos el mío) adora la teta y desprecia el chupete. Durante cuatro semanas (a partir de los quince días de vida, como me aconsejaron en el grupo de crianza del ambulatorio), cada día intenté que Emma cogiera el chupete. Se lo ponía en la boca y lo sujetaba. Primero trataba de escupirlo. Luego, le entraban arcadas y acababa como vomitándolo. Está claro que el tete no es la teta. Que de ahí no sale nada de nada. Pero ¡caramba! ¿no le podría gustar aunque fuera un poquito? Será que soy madre primeriza, pero pensaba que a todos los niños les gusta el chupete. En las vacaciones de Semana Santa, mis tías dijeron: “¿Cómo? ¿Una niña sin chupete? ¡Eso no puede ser!”. Les di el chupete y les reté a colocárselo. La niña pasó diez minutos felizmente con él. Esa diablilla… Al parecer, la criatura es bastante inteligente y se dio cuenta de que con ellas el pecho no iba a funcionar, así que mejor el tete. Hay una teoría que dice que hasta los dos meses los bebés escupen cualquier objeto que les entra en la boca como medida de precaución, para evitar la asfixia. Dado que Emma ya ha cumplido los dos meses, durante varios días tanteé si ese instinto biológico había pasado a mejor vida. Sólo un día conseguí que lo aceptara. Ahora, después de tantos intentos fallidos, todos los chupetes que tengo en casa (unos cinco o seis) han pasado a mejor vida enterrados en un cajón. Emma 1, Mamá 0.

En la foto, feliz tras escupir el chupete anatómico de la marca Suavinex.

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