Violencia de género

Cuando estaba embarazada, me preguntaban qué prefería, si niño o niña. Al responder niño veía en ciertas caras algo de desilusión e, incluso, de desaprobación. Cuando me preguntaban porqué, les respondía que porque los hombres tienen la vida más fácil. La respuesta tampoco gustaba, así que finalmente contestaba lo siguiente: “Lo que quiero es que el bebé venga sano”. No mentía y quedaba la mar de bien. Mi marido, en cambio, prefería tener una niña. Es cierto que al saber que esperaba una hija me llené de emoción y alegría y que, antes de conocer el resultado de la ecografía, imaginar que dentro de mi podía estar desarrollándose un pito me causaba cierto desasosiego. ¿Un pitilín en mi barriga? Raro, raro. Toda buena madre espera que sus hijos sean buenas personas, que sean felices y que tengan salud. Para ello influye la personalidad del niño, los valores que recibe, los genes y, también, las circunstancias de la vida y la suerte. Considero que nuestra sociedad es sexista y machista. Menos que otras, cierto. Menos que antes, cierto. Pero aún así, la igualdad entre géneros todavía se perfila una meta inalcanzable, por mucho que algunos se empeñen en afirmar lo contrario. Para lo asuntos del trabajo y la riqueza personal, el sexo determina demasiado. En España, las mujeres cobran un 26% menos que los hombres, o un 22% menos si incluimos al gran colectivo de la Administración pública, según los datos del Ministerio de Igualdad de 2010. Soy una mujer práctica. Por tanto, prefería un niño, así tendría menos preocupaciones cuando él se convirtiera en adulto. Pero tengo una niña y, sinceramente, no podría estar más orgullosa. Ahora bien, me voy a dedicar en cuerpo y alma a cultivar su autoestima y a inculcarle que ella vale tanto como su compañero (o más, dependiendo del que tenga al lado). ¿Pero a qué cuento viene todo esto? Pues porque hoy se me ha partido el corazón leyendo este reportaje de El País, donde se narra que las inmigrantes sudamericanas toman anticonceptivos antes de emigrar a Estados Unidos porque saben que la mayoría de ellas van a ser violadas cuando crucen Méjico. ¿En qué mundo vivimos? Si me creyera moralmente superior a esas mujeres, diría que están chaladas, que el precio a pagar no merece la pena porque, total, cuando lleguen a su destino, si es que llegan, su vida tampoco será un cuento de hadas. ¿Pero quién soy yo para emitir juicios de valores? Vivimos en el primer mundo, donde tu compañero de mesa cobra un 26% más de tu sueldo y a pocos parece importarle. Y yo jamás dije esta boca es mía cuando estaba sentada en una mesa de redacción rodeada de hombres.

En la imagen, el cartel del documental “Señorita extraviada”, dirigido por Lourdes Portillo, sobre el feminicidio que azota Ciudad Juárez (Méjico) desde 1993, ciudad que hace frontera con Texas (Estados Unidos).

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