Una relación que madura con el tiempo

Cuando Emma sale por la puerta de casa en brazos de su padre, no mira atrás. Yo sí la miro. Y siempre me sorprende darme cuenta de que ya pasa de mi. El vínculo afectivo que establece el bebé con su padre da un salto enorme en la segunda mitad del primer año de vida. Los primeros meses son de la madre. Luego, el bebé empieza a demostrar interés por ese hombre al cual le crece barba. Al de pocos meses, cuando el barbudo se asoma por la puerta después de su ausencia diaria en el hogar, el bebé salta de los brazos de la madre, o deja su juguete preferido, para ir a gatas corriendo hacia el santo padre, mientras ríe con ansiedad y desesperación antes de ser aupado, besado y, probablemente, volteado por el aire . ¿Qué le ocurre al padre durante toda esta evolución? Dice mi amor que él se siente padre desde el inicio del embarazo, que siempre ha sentido un vínculo con Emma muy fuerte y que bla, bla, bla. Ajá. Pero yo os aseguro que cuando mi señor ve y oye a Emma volverse loca porque él ha llegado a casa, mis ojos equipados con rayos X ven cómo su corazón se derrite.

En la imagen, Emma y su padre abriendo un regalo de Navidad. Por cierto, esto es sólo el principio. Al parecer, alrededor de los dos años, el interés de los niños por sus padres llega a cotas altísimas. “Algo froidiano”, dice mi amiga Ana.

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