Maternidad

A la fiera de mi niña no le gusta mucho dormir. “¿Para qué?”, debe pensar ella mientras se retuerce restregándose los ojos. Hace semanas que estoy pensando en emanciparla a su habitación para mejorar su rutina de sueño, ya que si no me huele, mama menos y duerme más. Ahora que ya tenemos su cuna (la de mi infancia), debemos aplazar el gran paso porque su padre, que ayer por fin regresó a casa (¡yuhuu!), sigue necesitando reposo absoluto. Por tanto, hemos montado su hospital de acampada en una habitación y nosotras nos hemos ido a la otra. No lo digo peyorativamente, pero es que llevamos ritmos de vida totalmente diferentes. Mientras él se queda viendo la televisión o leyendo hasta tarde, a las once me meto en la cama molida y exhausta. Y los días en los que me duermo más tarde, ¡vaya si lo noto! Por ejemplo hoy, que cogí el sueño pasada la medianoche y a las 6.30 horas ya estaba levantada (con una toma alrededor de las tres de la madrugada). Antes me parecía raro cuando las parejas no dormían juntas por tener un bebé pequeño. Ahora no veo otra solución para nosotros. En fin, todo es temporal.

En la foto, mi chico y yo disfrutando de nuestra luna de miel (y lo del cuello no es un chupetón, es una ¡marca de nacimiento!).

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