Limpieza en el hogar

Hay bebés de baja y de alta demanda. Este es el término que utilizan los expertos para definir finamente a los bebés pasotas y a los emmadrados. Como imaginaréis, Emma es de alta demanda. Siempre lo ha sido. Con un mes, cuando todavía no podía coger juguetes y su única distracción era observar y que la observaran, la tenía que colocar en la hamaca y cantarle, hablarle y hacerle caso. ¿Dejar a la niña tranquilamente sentada mirando la casa? Simplemente, imposible. Si lo hacía, ella lloraba. Si estábamos juntas pero no le hacía caso, ella me echaba sonrisas. Me seducía hábilmente. ¿Ir cómodamente tumbada en el capazo? Ni hablar. Ella en la mochila portabebés, con los ojos bien abiertos, mirándolo todo. Ella es así. Ahora que ya sabe utilizar sus manos y también sus piernas, que se va a explorar la casa todavía tímidamente, a veces se conforma con que la deje en su alfombra con su caja de los tesoros mientras le doy la espalda y tecleo en el ordenador. Pero ay, qué tonta soy. Cuando la niña está tranquila y silenciosa, a su aire, sin hablar ni golpear los juguetes, aún pienso: “Mira qué bien, por fin la fiera tranquila”. Lo pienso y, al cabo de treinta segundos, reacciono y mentalmente digo: “¡Mierda!”. Y tengo motivos para inundar mi cerebro con palabras mal sonantes. Esta noche, por ejemplo, su minuto diario de paz maternal lo estaba dedicando a morder una de mis zapatillas de estar por casa. La otra pantunfla aguardaba su turno pacientemente en la mano que le quedaba libre a la pequeña. Y la cosa no ha terminado ahí. Entre la hora del baño (19.00) y la hora de dormir (desgraciadamente, las 21.30 horas), ¿cómo se ha podido ensuciar tanto la boca y la nariz? ¿Y con qué? Mis dos horas libres de hoy (sin bebé, quiero decir) las he pasado limpiando, aspirando y fregando la casa. No sé si ha servido de mucho.

En la imagen, un rincón de casa en nuestra vida pre Emma (ventanas abiertas, cables por el suelo, plantas vivas).

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