Lecturas

En mis sueños, Emma se queda dormida plácidamente después de frotarse los ojos durante unos nanosegundos. En la realidad, ella se frota los ojos y yo empiezo con los rituales. Tengo uno para la siesta de la mañana (pecho en el sofá), para la de la media mañana (paseo), para la de la tarde (paseo o pecho en la cama con mamá) y para la noche (pecho, cereales, más pecho en la cama). Cualquier entretenimiento o mosca que se nos acerque la desestabiliza y debemos empezar de nuevo. Ahora que ya es más mayor, si se despista demasiado y se le escapa el cansancio de los ojos, ya no insisto y se queda despierta hasta que le vuelve a entrar el sueño (en una hora, en dos…). Según las recomendaciones del libro “Dormir sin lágrimas: dejarle llorar no es la solución”, de Rosa Jové, soy la mamá perfecta. Para la autora, las tres condiciones básicas que auspician un feliz sueño son las siguientes: la lactancia materna, el colecho y una actitud responsiva de los padres. Como sabéis, a Emma le sigo dando pecho, aunque me hubiera gustado introducirle el biberón. También sigo durmiendo con ella, ya que mi marido y yo utilizamos muy a menudo camas diferentes y, cuando dormimos en la misma, tenemos empotrado un colchón más pequeño para ella. Desde que nació, respeté la política de no agresión sugerida por la matrona: no la dejo llorar, me anticipaba a su llanto acercándole la teta a la boca. Tampoco la dejaba gimotear. Y sigo sin dejarle llorar: cuando quiere algo, allá que voy. A eso la autora lo llama actitud responsiva. Es cierto que Emma tiene un comportamiento nocturno normal para su edad, que es el de despertarse varias veces y buscar la teta con los ojos cerrados para enlazar con el siguiente ciclo de sueño sin acabar de despertarse. No obstante, cuando me leí este libro acabé muy enfadada. Constantemente hace referencias peyorativas al libro “Duérmete, niño”, del doctor Estivill. Sugiere incluso que dejar llorar a un bebé para enseñarle a dormir puede tener consecuencias emocionales muy dañinas y afirma que por su consulta han pasado niños traumatizados por Estivill. Ella es psicóloga, especializada en catástrofes. También explica que uno de los motivos más frecuentes de consulta por insomnio infantil son las disomnias, concepto que engloba el malestar físico y emocional que produce el quedarse despierto cuando se está cansado y se tiene sueño (cansancio, irritación, malestar, etc.). A este trastorno le dedica menos de una página. Y es exactamente lo que le ocurrió a Emma durante tres semanas antes de dejarla llorar tres noches seguidas. Y antes y después de dejarla llorar esas noches, yo lo hacía todo bien, según la autora (pecho, colecho, actitud responsiva) pero, al parecer, estudios científicos indican que los bebés que son muy lentos mamando, como lo es Emma, tienen más problemas para dormirse. Conclusión según este libro: que soy una madraza y que la culpa es de Emma por ser tan lenta mamando. ¡Toma ya! Me enfadé, claro que me enfadé. Además, hay otra cosa que tampoco me gustó. Lo que en realidad propone la autora para dormir a los bebés no son trucos ni consejos, sino las pautas básicas de la crianza natural, pero sin nombrarla. Que cada cual opte por la crianza que quiera y con la que se sienta más a gusto, y que cada cual aleccione sobre ello. Pero, por favor, con honestidad y de frente. Por tanto, ¿recomendaría esta lectura? Por supuesto. Es interesante el punto de vista de esta autora, tan obstinada como Estivill, aunque situada en el extremo contrario.

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