El primer corte de pelo del bebé

La semana pasada, toda la familia nos cortamos el pelo. Después de convencer a mi chico (he necesitado alrededor de cuatro meses), llevamos a Emma a nuestra peluquería, donde el primer corte de pelo del bebé es gratis, “hay que mimar a las futuras clientas”, explica sabiamente mi peluquero. Le cortaron con tijera y el resultado nos encanta. Al salir, pensamos que nos habían cambiado a nuestra pequeña y que ahora éramos padres de un hermoso Héctor (el nombre que le gustaba a mi marido en caso de tener un hijo). Y en el parque, las abuelas vuelven a llamarla “nene”. Sin cortarme, les respondo a todas: “Señora, ¿no ve que es una nena?”, les digo yo para salvaguardar la feminidad de mi hija, que sólo se baja de su flamante Bobby Car para subir las escaleras del tobogán y tirarse de cabeza. A mi me parece que Emma está guapísima. Con este corte tiene la cara despejada y parece más bebé, que con las melenas de antes parecía mayor. Pero qué voy a decir yo, que soy su madre. Si os preguntáis cómo fue la sesión de peluquería, basta decir que, afortunadamente, mientras una aprendiz le cortaba el pelo a Emma, otras tres peluqueras secaban a sendas clientas,  por lo que los gritos de protesta de la fiera quedaron difuminados por el esordecedor ambiente. Si queréis practicar en casa vuestras dotes de Eduardo manostijeras, recientemente leí un buen truco que no me atreví a poner en práctica: sentar al niño en el regazo y entretenerle con un juguete que esté en el suelo y quiera coger. Aunque yo más bien metería al bebé en la bañera, con sus juguetes favoritas, y mientras tanto, chis-chas-chis-chas…

En la imagen, Emma, guapísima, con su nuevo corte de pelo.

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