Maternidad

Durante los primeros meses de embarazo, sentía un miedo irracional cuando mi marido salía a tomar unas cañas con los amigos y también cuando cogía el coche para ir a trabajar. En mi mente todo se convertía en una situación potencialmente peligrosa. ¿Y si algún chalado le apuñalaba tras robarle la cartera? ¿Y si un mal conductor invadía su carril? ¿Y si… se moría? El hecho de gestar una vida en mi interior me hizo reflexionar acerca de la nuestra. Ésta se acaba, irremediablemente. Y preferiría que lo hiciera cuando seamos dos viejos chochos. Perdón, dos entrañables ancianos. Pero todos sabemos que a veces ocurren desgracias y, cuando éstas llegan, valoramos lo importante que es la salud. El embarazo surtió ese extraño efecto, que afortunadamente remitió en el segundo trimestre. Sin embargo, tras el parto, la desdicha llamó a la puerta de nuestras familias y en lo que llevamos de primavera, tres familiares han pasado por quirófano. Todos han salido bien, pero todos se han tenido que vestir con el camisón azul. Ahora es el turno de mi marido. Lleva dos meses liado con una odiosa ciática que el pasado domingo le arrastró hasta el hospital donde Emma vio la luz. Ahí sigue y de ahí vengo. Sé que es cuestión de tiempo y de paciencia. Pero mientras tanto, él sufre dolores muy fuertes. ¿Cómo ayudarle? Dándole apoyo y amor. Estos podrían ser los meses más felices de nuestra vida, como él dice, y sin embargo se están haciendo un poco duros. Menos mal que cada sonrisa de Emma es como un rayo de sol. Es nuestro pequeño Valium. Un Valium que ya debe rozar (o sobrepasar) los siete quilos de peso y al que hacemos reir tanto que, cuando no pienso, me hace sentir como en un maravilloso día de verano.

En la foto, el muñeco de nuestra tarta de bodas (un inesperado regalo de merengue de parte de mis suegros).

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