Historia de un parto

“Me siento muy relajada y muy afortunada. Nunca pensé que un parto y un posparto pudieraran ir tan bien (el primero fue horroroso)”, me escribe María en un email. Antes de dar a luz, el pasado julio en Alemania, donde vive con su pareja, su hija mayor de  cinco años y su bebé, estuvimos en contacto y le pedí que, si le apetecía, compartiera con nosotras una foto y la historia de su parto. He aquí su maravilloso regalo, no sólo para las que lean este blog estando embarazadas, sino también para las que ya hemos dado a luz y guardamos un recuerdo no demasiado grato del nacimiento de nuestro primer hijo. Su experiencia reconforta, por eso queda reproducida íntegramente:

“El sábado 9 de julio nació Lucas, poco antes de las 23 horas. Pesó 3,465 gramos y de alto (o bajo) midió 49 centímetros. Por la mañana, sobre las once horas, empecé a sangrar abundantemente, así que nos fuimos rápido al hospital. Tenía contracciones muy débiles y, aunque no tenía más hemorragia, me dijeron que me quedara allí para controlar todo, porque no estaba claro el origen ni si había ya rotura de aguas. La dilatación había empezado, pero era aún poca (2 cm) y después de un par de horas me volvieron a controlar todo. Seguían las contracciones regulares, pero débiles. Para gran sorpresa, la comadrona que me asistió era LA MISMA que me atendió en el parto de Paula, cinco años antes y ¡¡¡en otro hospital!!! ¡Menuda casualidad!

Ella es el único recuerdo bueno de aquel aparatoso parto (aparte de Paula, claro está). Así que me alegré de verla, porque ella se acordaba perfectamente del otro parto y no tenía que contarle todo… Entonces me dijo que había que hacer algo para ver si estaba ya de parto y si las contracciones iban a más, o a menos (enema, homeopatía, paseo…). Me di un paseo por Nürnberg en un día de verano que me sentó muy bien, a pesar de las contracciones, y un ungüento de aceite de oliva y laurel en la barriga que me había recomentado mi tía. Las contracciones seguían igual, cada 4-5 minutos, pero no muy dolorosas. Sobre las siete y media de la tarde volví a monitores, para controlar que Lucas estuviera bien. Y entonces empezó otra vez la hemorragia con contracciones más fuertes. Vino el médico y me explicó que parecía que la placenta se estaba desprendiendo y que había dos opciones para las que teníamos que estar preparados: inducir el parto controlando en todo el momento al bebé y a mí, o cesárea. Así que se preparó todo y me pusieron oxitocina.

Las contracciones empezaron a ser muy fuertes, serían ya más de las ocho y media de la tarde y la dilatación empezó a avanzar muy rápido también. (Tengo una foto de las 21.40 en la que ¡todavía estoy “bien”!) Pero estaba tumbada y, de pronto, con los dolores me sentía muy intranquila y me quería levantar. Fui al baño con otra comadrona, porque la mía estaba cambiando de turno. Y ahí me entró pánico: ver la hemorragia, tener unas contracciones ya fortísimas y pensar que Eli (la comadrona) se iba… Se me venía todo el parto de Paula a la cabeza, sabiendo que ahora, además, la cosa podía ser peligrosa para el niño y para mí. Cuando ella llegó, me vio histérica (tenía un ataque de pánico en toda regla), me preguntó y me dio muchos ánimos.

…Y se quedó.

Sin más.

Esta mujer, que fue mi ángel de la guarda, terminaba de trabajar a las diez de la noche y se quedó hasta las dos de la madrugada porque quería acompañarme y no dejarme sola.

Ahí ya las contracciones eran enormes. Traté de tranquilizarme, de confiar en Dios, de confiar en la comadrona y en el médico (que como veis aparece poco, pero decide mucho –aquí en Alemania la figura médica importante es la comadrona–) y de pensar que había de pasar por eso para que Lucas pudiera nacer (¡como bien me había dicho mi amiga Amparo en su último mail!). Tenía ya 5 cm de dilatación. La comadrona me dijo que llamaría a los anestesistas para que, si quería, me pusieran la epidural . Como en el parto de Paula la epidural fue un desastre, le dije que no lo sabía, que ella qué pensaba y me dijo que sí, que era lo mejor para mí y para esas circunstancias (después me dijo que, pensando también en una posible cesárea de urgencia, era lo mejor). Llegaron los anestesistas, agradables y muy profesionales como todos los que me estaban atendiendo. Y entre las contracciones fuertes, me pusieron la cánula para la anestesia (previo medicamento para reducir un poco las contracciones) y una primera dosis de anestesia (creo). Volvía a estar tumbada sobre la espalda (cosa que tanto me agobia en los partos, como ya he comprobado) y las contracciones seguían fuertes. Me puse de pie, me agarraba a Thomas bien fuerte, que era como un árbol robusto que encima me abrazaba y no me dejaba caer… ¡Y de pronto siento que tengo que apretar!

Me dice la comadrona: “¡Pues aprieta!”.

El anestesista le pregunta si no me pone el refuerzo de anestesia. Eli me mira y dice: “No, el bebé ya está aquí”.

En ese momento, me acuerdo otra vez del parto de Paula. Cuando el bebé “ya estaba ahí”… Y no salía… Momento de miedo otra vez. Complicidad con la comadrona, que me dice que empuje con todas mis fuerzas. Confianza. Una contracción, empujo (con algo de miedo aún…). Otra contracción y pienso: “¡A este lo saco como sea!”.  ¡¡Me salen mis más profundas raíces de cepa extremeña!! Eli me dice que empuje donde está el bebé. Empujo hasta ponerme azul, según me dijo Thomas después, y ¡¡¡¡¡¡sale la cabeza de Lucas!!!!!!!

En la tercera contracción, salió entero.

Y ahí teníamos a nuestro bebé, precioso, con un olor delicioso, con una cabecita redondita, redondita, de lo rápido que había nacido. Eran las once menos diez y la alegría más grande del Mundo. Me encantó tenerlo encima mucho tiempo, sin que lo lavasen ni nada. Corté el cordón umbilical después de un buen rato y disfruté de ese momento largo con Lucas y con Thomas, tan íntimo y tan sagrado.

Y después siguieron las complicaciones.

La placenta había salido entera, pero seguía perdiendo mucha sangre. El útero no se contraía. Así que me pusieron más oxitocina y suero (y qué sé yo qué más). Tenía el efecto de la poca epidural que me pusieron, así que no me enteré mucho. Menos mal. Pero fueron unos momentos de reacción rápida del médico y de todos, para estabilizarme. Después, Eli ya cogió al niño y lo midió, lo pesó y lo reconoció con Thomas de asistente, mientras el médico me daba unos puntos porque me había desgarrado un poco (nada que ver con el parto de Paula…). El médico no había hecho episotomía, me dijo que él es muy “respetuoso”. Se portó muy bien todo el tiempo, la verdad. Parecía un espectador que de vez en cuando era director de escena. Tranquilo, sereno, simpático y muy seguro. Después de un par de horas en observación en el paritorio, me llevaron a la habitación, habitación familiar, otra de esas cosas que tienen aquí que tanto me gustan. Thomas tenía también su cama, así que era casi como estar en casa. Las enfermeras también fueron muy respetuosas, no te molestan si no es necesario. Todas encantadoras. Y muy profesionales. El domingo nos quedamos allí porque durante el parto perdí mucha sangre y estaba muy débil y la tensión todavía no estaba estabilizada. Pero el lunes, después de verme el médico y como yo quería irme a casa cuanto antes, me dieron el alta. En casa me vino a ver una comadrona que elegí (con la que también me preparé para el parto y con la que estuve con Paula de bebé), durante los primeros días, hasta que sea necesario, para controlar que fuera todo bien con el niño, con el pecho, con todo. Otro lujo que se tiene aquí y que da mucha seguridad, la verdad. Ahora estamos muy bien en casita, Paula está muy contenta, aunque ayer, entre unas cosas y otras y con tantos nervios, estuvo con fiebre y dolor de oído. Hoy parece que está mejor. Está encantada. Y no es para menos… Esta primera noche en casa ha sido muy tranquila, aunque tenemos un sueño… ¡Thomas dice que esto es como dormir en lonchas! (Y él esta noche, a mi parecer, ¡se ha hecho un buen bocadillo!”, escribió María tan sólo dos días después de alumbrar a Lucas. ¡Que tengáis un inspirador fin de semana!

En la imagen, María el hospital con el pequeño Lucas, que ahora ya tiene cinco meses y sigue tomando pecho como un campeón.

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