Maternidad

Un día, hablando con Amaia, me preguntó si imaginaba la maternidad así. La respuesta fue, sin dudar, un rotundo “no”. La pregunta me rondó por la cabeza después de despedirnos. Hoy Emma cumple diez meses. Probablemente, ya hemos pasado lo más duro. Los primeros dos meses, cuando su ciclo vital era de tres horas (mamar, dormir, pipí, caca), las largas noches de verano mamando sin parar, las siestas de carrito en la calle. Ahora, cuando veo a una madre cansada empujando un carrito con un recién nacido o un bebé pequeño sonrío y pienso “¡qué bien! ¡ya no más!”. ¿Cuántas horas pasé en la calle durmiendo a Emma? ¿Cuántas horas de sueño perdidas llevo acumuladas? ¿Cuántos litros de leche habrá producido mi cuerpo? Llegó un momento en que sentí mucha pena por las vacas lecheras. En serio. Le dije a mi marido: “La próxima vez, no compres leche sin lactosa. Compra leche de soja. Pobres vacas, las tienen esclavizadas”. “Como Emma a mi”, añadí para mis adentros. Cuando todavía no era madre podía imaginar que querría a mi bebé a más que nadie en el mundo, pero se me olvidó pensar que me convertiría en una mujer exhausta. Los niños te absorben. Afortunadamente, todo está muy bien pensado y tu cuerpo está preparado para afrontarlo. Sigo sin la regla, pero siento que mis hormonas vuelven a su sitio y noto la carne de mi cuerpo más prieta (y sin hacer deporte y comiendo como un toro). No sé si se trata del optimismo que me da la guardería (la ausencia de Emma en casa durante unas pocas horas), pero hoy me parece que, a pesar de todo el cansancio y todas las renuncias (no leer novelas, no ver la tele, no salir de fiesta, no beber alcohol, reducir mi vida social a otra vida social con niños, asumir los mocos infantiles pegados a mis camisetas recién lavadas), merece la pena. Antes llegué a dudarlo y entendí perfectamente porqué hay gente que renuncia a la paternidad por asegurarse un estilo de vida que sólo pueden tener sin hijos. ¿Qué expectativas tenías vosotras acerca de la maternidad? ¿Qué os ha sorprendido más?

En la imagen,  mi marido mirando discos en una tienda de San Francisco, durante nuestra luna de miel, cuando nuestra vida era sexo, cerveza y rock&roll.

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