Crece el bebé, crece el cariño

Este fin de semana he vuelto a experimentar una oleada de amor maternal. No ha tenido nada que ver con el día de la madre, que por cierto no hemos celebrado. La oleada llegó a la orilla de mi corazón mientras observaba cómo Emma y yo nos comunicábamos. Hace unos meses dudaba de que pudiera querer a la fiera más de lo que la amaba entonces. Es más, dudaba de que si algún día tenía otro hijo, pudiera quererle tanto como a ella. Ya sé, son dudas irrelevantes, dado que ni siquiera pensamos tener más hijos y porque estoy segura de que todas las madres embarazadas por segunda vez atraviesan por esos sentimientos, que la vida resuelve sin más (dicen que el corazón se ancha con la llegada de cada nuevo hijo y que aunque pensaras que no podías sentir más amor, sí puedes). Cuando el bebé tiene unos meses inspira una gran ternura. Depende completamente de ti y le atiendes con toda tu energía y cariño. Entonces pensé que en esa situación se alcanzaba la cota más alta del amor maternal. No en vano, las criaturas crecen, lloran con lagrimones más gordos y se rebelan contra tus decisiones unilaterales (volvemos a casa, tienes que subir a la silla de paseo, hoy no hay espirales con tomate para cenar). Así que para mi sorpresa, mi amor por Emma es inmune a sus llantos y protestas y sigue creciendo con cada paso evolutivo que ella da y que, como no podría ser de otra manera, nos aleja la una de la otra. Me encanta verla cada día más autónoma. Me hace feliz observarla súper orgullosa cuando anda. “Mira mamá, ¡voy andando hasta la cocina! Y ahora al baño, que es súper interesante”, parece pensar. Me fascina que me entienda y se haga entender a pesar de que todavía no habla. Y creo que no soy la única que ha experimentado una oleada de amor durante los últimos días porque cuando veo a mi chico con nuestra niña, leo en sus ojos más cariño, más orgullo, más amor que antes. ¿Se nos agotará algún día? ¿La querremos menos cuando tenga siete años? ¿Y cuándo cumpla dieciséis? ¿El amor maternal fluctúa a la baja? Esa es una pregunta que me tiene desasosegada. Aunque creo que la respuesta es negativa, porque de lo contrario muchas madres sentirían menos amor por sus hijos cuando se dan cuenta de que no son unas personas maravillosas. Y las cárceles se llenan los sábados y los domingos con madres que visitan a sus hijos cargadas de túpers con tortilla de patatas caseras y calcetines nuevos.

En la imagen, Emma y yo en los columpios.

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