artiñano etxea

Cuando el niño decide

En la crianza hay siempre grandes objetivos a conseguir: que los niños coman verduras, que duerman solos, que se vistan solos, etc. Este año estamos que lo tiramos y hemos conseguido a base de una combinación de hablar, reflexionar, amenazar y gritar que la fiera vocalice todas las letras y que vaya al baño todos los días. Cuando aprendió a hablar, pronunciaba cada fonema con especial regocijo y divinamente. Luego se fijó en cómo lo hacían su mejor amiga y su padre y empezó a pronunciarlos como ellos: mal. Dejó de pronunciar las erres bien, a comerse las sílabas compuestas por dos consonantes (boma, en vez de broma) y a intercambiar consonantes (puente/fuente). Durante un año largo no le di importancia, estará jugando, pensaba yo, luego empecé a preocuparme porque no dejaba de jugar. Así fue como a principios de año le hablé muy seriamente sobre su pronunciación a raíz de que un amigo suyo iba al logopeda y me preguntó que qué era eso. Le dije que era el médico de las palabras y es adonde la llevaría si seguía pronunciando mal las letras. En apenas unos días volvió a pronunciar bien. Con la erre estuvo practicando tres o cuatro semanas hasta normalizar la erre floja, que empezó a hacer como fuerte. Sí, pasamos de un extremo a otro. Jorrr! Fue tan grande el cambio que mis padres a la siguiente visita se quedaron impresionados.

Y fue justo en esa visita en la que la niña andaba estreñida y con dolores de barriga que bajé a la farmacia a comprar supositorios de glicerina y se los enseñé y le dije que había llegado el momento: le tenía que poner uno para hacer caca. Lloros, gemidos, quejas, gritos, etc. Me prometió que iba a hacer caca sola si no se le ponía el supositorio. Y así lo hizo. Hubo una amenaza más, y ya está. Ahora va al baño todos los días.

La próxima batalla será la de las verduras. Cada noche empiezo a agarrarme al calendario del menú escolar y le señaló con cara seria: “¿Ves? Cena recomendada: pescado, verdura y yogur. Así que cómete los guisantes, cariño”. (Y no me des la vara porque en el comedor escolar te comes hasta las vainas, pienso para mis adentros).

El caso es que es genial esta etapa en la que el niño empieza a razonar y tomar sus propias decisiones sobre lo que es bueno para él. Se da cuenta de que tiene dos caminos delante suyo y que está en sus manos escoger cuál quiere. Me alegra que Emma, en esto, haya escogido bien y, al mismo tiempo, me aterra que cualquier día empiece a escoger mal. No sé porqué pero ya me la imagino de adolescente… ¿Tanto ha crecido?  ¿Tanto hemos crecido?

¡Ah! Y por si te lo preguntas, pensamos que será más fácil que cene verduras a que duerma en su habitación arggggggggggg! ¿Cinco años de colecho no son suficientes? Bueno, no voy a decir nada más porque supongo que si este tema realmente nos preocupara ya habríamos insistido. Y aunque el lumbago nos duela, nos gusta que sus noches no sean agitadas y que estén libres de miedos 🙂

Besossss!

 

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