Nacimiento

Son las once de la mañana y ya estoy de vuelta a la sala de dilatación. Mi chico regresa de desayunar con la revista Cuore. Estoy tan ida que le digo: “Mejor le echo un vistazo luego”, y sigo descansando. Pasa media hora y reacciono: ¡no quiero perderme el parto! Me incorporo, le cuento cómo ha ido la epidural, le pido la revista y así van pasando las siguientes dos horas. La ginecóloga y la matrona me hacen otro tacto. ¡Estoy de cinco centrímetros! Le digo a mi marido que puede ir a comer, si quiere.  Y la epidural deja de hacer efecto… En las siguientes horas y hasta el nacimiento de Emma, pido refuerzos de anestesia. A las cinco de la tarde he dilatado completamente: diez centímetros en diez horas. La matrona me comunica que tenemos por delante un máximo de tres horas para completar la expulsión del bebé y que vamos a empezar con unos suaves pujos en la habitación. Me preparo para empujar, practico la respiración, la postura y la canalización de la fuerza. No sé si siento o no. No sé si lo estoy haciendo bien o no. Siento las contracciones y su fuerza, ¿pero dónde está la mía? La matrona me orienta y me da consejos. Los sigo. Lo más incómodo es la postura: la pierna izquierda está completamente dormida desde hace horas y me impide cambiar de postura sola. Necesito ayuda. No encuentro una postura cómoda, me duele el cuerpo. El dolor se va, pero a veces vuelve. No obstante, es un dolor asumible. Hasta que en un par de ocasiones, las contracciones son tan fuertes que grito de dolor con cada una y, justo antes de pasar a paritorio, tengo un dolor tan intenso en la parte alta del muslo derecho que creo ver las estrellas con cada contracción. Y no es el dolor de la contracción, es un dolor extraño y ajeno, como si un músculo se hubiera quedado enganchado. Más epidural. Funciona.

Esas tres horas (de cinco a ocho de la tarde) pasan sin darnos cuenta de lo que estamos viviendo. Las matronas entran tres veces en la habitación para practicar los pujos. Incluso las llamo yo porque me siento inútil sin empujar. El bebé apenas baja. Tampoco efectúa el último giro, con el que tiene que colocar la cabeza mirando al suelo (hacia mi culo, para orientarnos). De repente, me comunican que son las 19.30 horas y que me queda media hora para parir a Emma. El plazo se agota. Me pongo muy nerviosa. ¿Y por qué no hemos empujado más? ¿Y por qué no estoy en el paritorio? Me llevan al paritorio. Los celadores me pasan de cama cogiéndome como a un animal. Les digo que paren, que me dejen moverme un poco para llegar al potro. En la sala hay unas ocho personas con batas de color rosa, azul y verde. “Pero tranquila, el parto todavía es nuestro”, me dice la matrona para intentar tranquilizarme. Le pregunto quien es toda esa gente: “La enfermera que sacará la sangre del cordón umbilical y dos estudiantes”. Hay otras matronas que no conozco. Ahora me parece una decisión envenenada la de donar el cordón umbilical, tanta gente a mi alrededor… La matrona me invita a empujar. “No, así no. Como lo hacías en la habitación. Sé que lo sabes hacer porque te he visto hacerlo”. Creo que estoy bloqueada. Lo intento de nuevo, una y otra vez. Poco a poco va saliendo mejor. El truco es levantar el culo del potro. Si despego las caderas, empujo más fuerte. Pero sólo tengo fuerzas para un pujo largo. En el segundo, corto el proceso. Poco a poco, el bebé desciende y se le ve más cabecita. Mi marido la ve, yo no. “¿No quieres un espejo? ¿No quieres tocar su cabecita?”. No, no y no. Si la veo, me voy a emocionar. Si me emociono, voy a llorar. Si lloro, me desconcentro. Sonríen y asienten complacidas. Al menos, las estudiantes de prácticas.

Se agota la media hora. Emma no ha nacido. “Tranquila, tenemos unos minutos más. El bebé está muy bien, no sufre”. Vale. Vale. Sigo, sigo. Tengo la sensación de… ¿de qué? De que lo estoy haciendo mal. O de que pronto llegará. El padre ve asomar la cabecita, pero la cabecita se va para arriba otra vez. Así estamos minutos y minutos. Llega la ginecóloga. Es más seca que las matronas. Me hace un tacto sin miramientos. Está muy concentrada. Invita a las matronas a practicarme esa técnica con la que dejan caer el peso de su cuerpo sobre la parte alta de tu barriga para empujar el bebé hacia abajo.  ¿Quién lo va a hacer? Se miran. “Bueno, lo intento, pero tengo poca fuerza”. Lo intenta dos veces. Grito como una posesa. Me niego a eso. Entonces la ginecóloga decide pasar a un parto instrumental. Mandan a mi marido salir fuera. Ella saca el bisturí. Lo veo y no pregunto. “Te voy a practicar una episiotomía”. Vale. Intenta sacar a Emma con ventosas, pero no funciona. “Quédate así, no abras los ojos”, me indica mi matrona amorosamente. Pero los abro para coger aire y, sin querer, veo el fórceps. ¿Cómo puede ser tan grande? Me pongo histérica en silencio. Mi cerebro va a cien. Miro a la matrona asustada. Pienso que Emma tiene que salir ya. Cuando la matrona dice “¡empuja!”, empujo como si se acabara el mundo. No funciona. Otra vez. Ahora sí. Me dicen que la cabeza de Emma ha salido. Ahora la van a ayudar a descender entera. Sigo muy, muy nerviosa, pero tranquila de no haber acabado en quirófano. Pero, ¿y ella? Rompe a llorar enseguida, me la ponen sobre el pecho. Apenas la veo porque tengo los ojos empañados de lágrimas. No sé qué hacer. No puedo consolarla, así que lloro con ella. Su llanto me tranquiliza, si llora tan fuerte, seguro que está bien, pienso. Parece que tiene la cabeza normal. Les pido a mi marido. Él entra. “Por favor, cógela tú”. Tengo miedo de que se me caiga. La coge y sigo llorando de felicidad. Él se une a nuestras lágrimas.

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