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Cómo es la vida de nuestro gato

¡Katul cumple hoy un año! Le agasajaremos con un poco de jamón york y le cantaremos la canción de cumpleaños feliz. ¡Claro que sí! ¿Queréis saber cómo es la vida medio silvestre, medio doméstica de Katul? Katul es un gato mimoso y dulce, acostumbrado a la compañía humana desde que nació. Su madre, Kira, le tuvo a él y a Laika. Fue el primer parto de la gata. Katul siempre fue su preferido: le dio más teta, más comida, jugó más con él y le enseñó a cazar. Su hermana fue la marginada de la camada y con sólo dos meses de edad ya se había convertido en una gata arisca, miedosa y torpona. Su madre le marcó el destino nada más nacer: creemos que falleció en alguna pelea en la que no supo defenderse ni huir. La vida de campo es muy dura. Y Katul lo sabe. Por eso cuando nos mudamos del caserío al piso del minipueblo se pasó dos días seguidos ronroneando: el piso era el súmum de la felicidad. Dormía dentro de casa, en vez de en el almacén, en su propia y preciosa cama o incluso con nosotros. No tenía que pelear con su madre y su hermana por la comida, y tampoco con los gatos de los vecinos, los perros, los zorros, las ratas, etc. Y nos lo agradece constantemente en forma de ratones, pájaros, culebras y lagartijas. Que caza y nos trae como presente. A veces, si la puerta de casa está abierta, nos los deja en el salón. Los animales siguen vivos. ¡Toda una fiesta! Desde febrero, época de celo en el mundo felino, Katul está castrado. Aún así, siempre que las temperaturas exteriores sean agradables, él nos pide pasar la noche fuera para jugar con sus amigotes. Al amanecer, puntual, llama a la puerta y le recibimos con un tazón de leche sin lactosa, que no pierda la costumbre familiar. Cuando Emma y yo vamos al parque infantil, Katul nos sigue. Allí juega con los demás niños, que poco a poco va conociendo. Se deja hacer algunas perrerías, pero si los salvajes se pasan de la línea, Katul saca las uñas. Primer aviso. Hay niños dulces que sólo quieren acariciarlo. Me piden que coja al gato y se ponen alrededor de mi para acariciarle. Él ronronea. Cuando nos vamos de vacaciones, dejamos a Katul fuera. La vida dura vuelve de nuevo. Por eso se busca amistades con posibles: se va dónde la vecina, que también tiene gato, a que le acaricie la barriga y le dé la comida rica que le hemos dejado para él. Y cuando ve pasar a mi amiga de enfrente, corre a enredarse en sus piernas porque sabe que ella también le dará comida. Chico listo. A veces hemos sufrido por él. En medio de la noche hemos oído peleas de gatos y, lo que hemos interpretado inteligentemente, como gritos de socorro felinos. Rápidos y veloces hemos subido la persiana y abierto la ventana de la habitación. “Katul, ¿estás bien?”, y hemos suspirado aliviados al verle sano, a salvo y vivo. Sólo una vez vino con una heridita en la oreja. Y sólo una vez se portó mal: se quitó el carísimo collar contra las pulgas y garrapatas y lo escondió en el garaje. Tuvimos que comprar otro. Katul es un gato excelente, y hasta el veterinario se quedó impresionado tanto por su delgadez como por su buen carácter. Esperamos que nos acompañe durante muchos, muchísimos años más. ¡Feliz cumple, Katulillo!

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En las imágenes, Katul el pasado domingo  acurrucado en su cama a las siete de la mañana. Me había levantado un poco antes para sacar fotos para el Despierta de Álvaro Sanz y él aprovechó para entrar en casa, comer y dormir. Último apunte: Kira, la madre de Katul, dejó de querer a sus crías cuando les destetó, a los dos meses. Empezó a verles como enemigos que le robaban la comida y futuros líderes, o algo así, que le robarían el puesto de la ama y señora del almacén. Supongo que así es la naturaleza, pero a mi me dio una pena terrible.

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