Los ocho meses

Entre el octavo y el décimo mes de vida, la mayor parte de los bebés atraviesan una etapa llamada la ansiedad de la separación. El bebé empieza a ser consciente que mamá y él no son una sola persona y eso le provoca una angustia tremenda. Este periodo empezó abruptamente hace tres días. Emma, que es un bebé de alta demanda, ahora juega con su juguetes encima de mi, debe dormir a mi lado (hemos vuelto al colecho) e, incluso, dormida me busca y apoya su cabeza encima de mi barriga o de una pierna. Cuando me voy (al baño, a la cocina), su padre debe distraerla para que no me vea desaparecer. Si accede a jugar sin estar encima de mi, si me da la espalda, enseguida se recoloca de frente, para verme, para controlarme. Si me voy al ordenador, viene a jugar debajo de la mesa. De la alfombra de juegos a la mesa, gatea esos dos metros llorando. Si me voy a los fuegos de la cocina, aunque me ve desde su trona, en la mesa del comedor, llora desconsoladamente por esos tres metros de distancia que nos separan. Así podría seguir con varios ejemplos más, recabados en apenas tres días. El llanto es, realmente, angustioso, tal y como define esta etapa. En cada bebé, el periodo de duración es diferente, pero aseguran que tal como viene, desaparece. Mientras, aconsejan practicar con más ahínco el juego de cu-cú tas-tas para que aprenda que aunque las cosas desaparezcan de la vista, permanecen en su sitio. Aun así, creo que vienen unos días, unas semanas o unos meses de mucha ansiedad para ella y de mucho agobio para mi.

En la foto, Emma y yo haciendo palmas en el parque hace unos días.

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