La personalidad del bebé

Tengo una amiga que me reconforta diciéndome que debería estar contenta de que Emma se siente lo suficientemente segura de si misma como para demostrar en público su personalidad. Este es un razonamiento optimista que valoro mucho, de otra madre primeriza con un bebé algo mayor que el mío, pero que de poco me sirve cuando en la cola del supermercado la niña empieza a gritar como una energúmena. Qué potencia. Qué chorro de voz. Y con solo ocho meses. Al de unas semanas de nacer, mi marido no dejaba de repetir: “Esto no es un bebé normal, apenas llora. ¡Qué suerte tenemos!”. Game over. La niña sabe llorar perfectamente y, es más, ya sabe cuándo debe hacerlo para obtener lo que desea, a lo cual podría añadir: está empezando a retarme. Emma tiene permiso para sacar los libros de la librería, que luego recolocamos juntas. Pero tiene terminantemente prohibido comérselos y romperlos. El otro día estaba sacando uno y me miraba de reojo esperando a que la riñera. Se lo acercaba a la boca, se lo sacaba, me  miraba y, como veía que no le decía nada, volvía a empezar. Hasta que salté: “Emma, el libro no se come”. ¿Qué hizo ella? Responder con una risilla nerviosa de “uy, uy, uy, me has pillado”. ¿Será posible? Todos estos comportamientos, que llevan manifestándose desde hace una semana, siempre terminan con una pregunta retumbando en mi cabeza: ¿Que será de mi cuando ella tenga dos años?  Por cierto, los dos años es la temida edad de las rabietas.

En la imagen, la única foto que tengo de Emma llorando, después de una caída el pasado septiembre.

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