Emma y el agua

Si vais algún día a Bilbao, probablemente visitaréis el Guggenheim y sus alrededores. Además de ser imponente y bellísimo, el museo esconde un secreto que a los vecinos de la ciudad nos hace sentirnos orgullosos: las fuentes de chorros. Cuando la temperatura sube, las bilbaínas cambiamos el zapato cerrado por las sandalias y, aun sin olvidar coger una rebeca por si acaso refresca, salimos a la calle y pensamos: “¡Guau, el verano!”. Con niños, la cosa mejora: tienen bula para jugar con el agua. En el paseo Uribitarte,  cerca de la puerta de atrás del museo, unas fuentes subterráneas lanzan chorros de agua a intérvalos. Sólo en verano y cuando tienen público, ¿no es genial? Los niños se quitan la ropa o se ponen el bañador y esperan a que las fuentes se enciendan para atravesarlas corriendo o meter una pelota en el chorro, que la mantiene girando hasta que la quitas. Aprovechando las altas temperaturas de la semana pasada y que Emma está descubriendo el agua (los charcos y las fuentes de la calle, chapotear en la bañera, el botellín de agua y los charcos que ella misma puede crear con él), nos acercamos al Guggenheim y, aunque le daba cierto respeto, cuando los chorros se apagaban ella exclamaba: “¡Ohhh!” y aplaudía con fruición, como diciendo “vaya mamá, qué espectáculo tan genial”.

En las imágenes, Emma admirando y disfrutando de los chorros de agua de la fuente de la explanada del Guggenheim de Bilbao. La camiseta que lleva es en realidad un precioso bañador que le regalaron (aunque creo que se lo puse del revés), así puede ir con el culete al aire y no quemarse la piel de la espalda y de la barrigota.

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