Resbalones

Cuando he llegado este mediodía al portal de casa, he resbalado (maldita lluvia, malditas botas nuevas) y me he caído al suelo, con una mano sujetaba el carro, que se ha caído sobre mi, y con la otra he tocado suelo. Me duele la rabadilla a rabiar. Y los ligamentos del hombro derecho. Antes de comer me he tomado un paracetamol y aquí sigo, con la bolsa caliente ablandándome los glúteos. Me he dado un batacazo de película. Enseguida he visto las estrellas y las lágrimas, cómo no, han brotado de mis ojos. Estaba sola y no sabía cómo estaba la niña, que iba mal atada en el carro porque las correas de la Quinny Zapp Xtra son cortas. No podía levantarme ni levantar la silla de paseo, así que he empezado a gritar: “¡Socorro! ¡Socorro!”. A unos veinte metros, en la cera de enfrente, había una vieja bruja esperando en su portal. La muy necia ha torcido la cabeza mientras yo clavaba mis ojos en ella y seguía gritando “¡socorro, socorro!”. Ni caso. Afortunadamente, un pintor colombiano que pasaba por ahí cargando una escalera me ha ayudado a ponerme de pie y a incorporar el carro. Mis vecinas también han salido, alertadas por mis gritos. Y otro vecino, padre de un bebé, ha tratado de consolarme asegurándome que su mujer se ha caído ya varias veces, también empujando el carrito. Maldita lluvia. Malditas botas nuevas. Cuando se lo he contado a mi marido, él me ha dicho “odio a esas personas, son como los nazis. Pensaban ah, qué bien, no somos judíos, y giraban la cabeza hacia otra parte”, me ha dicho él, que es alemán y controla del tema, ya que allí sí hay memoria histórica. ¿Ya os conté que embarazada de nueve meses otra vieja bruja me dio un codazo a la barriga para colarse en la cola del autobús y coger asiento? Increíble, pero cierto.

En la imagen, una fotografía de la celebración de Santo Tomás (21 de diciembre, está al caer) del pasado año en El Arenal, escenario multitudinario y lugar habitual de codazos.

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