Descubriendo tesoros

Son días extraños en casa. La niña está en huelga de parque. Le enseño la chaqueta y ella se hace la loca. Entiende perfectamente el ritual: “Emma, ¿vamos al parque? Ven, que te pongo la chaqueta”. Ella me da la espalda y sigue jugando con sus juguetes. Un día la forcé y bajó las escaleras (cinco pisos) llorando, continuó mostrando su malestar en el portal y se negó a subir al carro. “Ok, Emma, subimos a casa”. Desde ese día, si no quiere ponerse la chaqueta, no salimos. Aunque hoy la hemos engañado y hemos ido los tres directos al parque desde la guardería. Cuando el tobogán está vacío, lo disfruta más. Con niños, se queda alrededor de su silla de paseo rebuscando en el cesto y jugando ensimismada a abrir y tapar un botellín de agua. ¿Su última obsesión? Ir a la hierba del parterre de al lado de la tela asfáltica, que es grande pero está lleno de pis y caca de perro. Durante meses se lo prohibí; ahora ya me da igual. ¿Que quiere amasar la tierra de los ciclámenes? No hay problema. Y es que además de considerar el parque aburrido y repetitivo (independientemente de a cuál vayamos), Emma ha descubierto que nuestra casa tiene muchos secretos por descubrir: el cajón de las camisetas de mamá, el bote de las horquillas del pelo, la caja de los CD, la caja de las pinzas de la ropa… Así nos pasamos las tardes, descubriendo nuestro doméstico y pequeño mundo. Y tapando y abriendo botellas.

En la imagen, Emma a lo suyo tras preguntarle si bajábamos al parque.

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