chimenea

Tampoco quiere levantarse

Cuidado, hoy muerdo. Esta vez no es por la mala gestión del ébola, sino por mi magnífica y espléndida hija. Que no quiere acostarse ni levantarse. Porque se va a la cama llorando como una posesa, pasada de rosca, porque cuando el cansancio la atrapa ni razona ni habla ni escucha ni ná de ná. Y porque cuando tiene que levantarse por las mañana, no puede con su alma. Ni con su cuerpo. “Apártate”, masculla cuando me acerco y me la como a besos.

Besos. ¡Ni uno más!, me ha dicho esta mañana. “¿Y qué quieres?”, le he preguntado llena de desesperación. El silencio como respuesta. Tres años y medio, no sabe lo que quiere. Bueno, sí: dooooormirrrr. Hasta las 10.30 horas.

Ya, claro. ¡No te jode! Porque la fiera necesita muchas horas de sueño, pero no quiere dormirse nunca. ¿Pilláis el matiz? Pues eso, círculo vicioso. Y lo peor es que tras estos tres años y medio de crianza, esta madre primeriza lo único que ha aprendido sobre pautas y sueño infantil es lo siguiente:

LA ELECTRICIDAD NO ES NUESTRA AMIGA. 

Porque en estos tres años y medio la única puñetera vez que la fiera se durmió así, sin más, de noche, pronto y por las buenas, fue aquel día en que la nieve nos dejó sin suministro eléctrico cuando vivíamos en el caserío y todo estaba nevado. Era invierno, la luz se fue a las seis de la tarde, cuando ya era de noche y todo estaba oscuro. Oscuro-negro, no oscuro-farolas (eso es trampa). A las ocho de la tarde, señoras, la fiera se durmió. Tal cual. Suave y levemente, delante de la chimenea y a la luz de las velas. De puro aburrimiento y abatida por la oscuridad.

¿Y qué hago ahora? ¿Desconecto el diferencial? ¿Apedreo las farolas de la calle? Pues no sé… Se admiten sugerencias.

En la imagen, la chimenea de mi suegra a todo gas una noche del pasado agosto en la mierda de agosto-alemán que tuvimos. ¡Toma mordisco!

Breve resumen de estos tres años y medio: Simplemente, desde que tiene dos meses, ella prefiere jugar a dormir. Dormir es de cobardes. Y ella es una valiente. Y sí, hemos insistido en la rutina y hemos probado el llanto controlado (cuando era un bebé) y, tres noches, la dejamos llorar (¡terror!). La rutina se la pela y llorar puede llorar mucho y, hablando en términos tradicionales, “no aprende la lección”. Así que colchamos, casi siempre y también ahora (yep, sí, volvimos a la carga en abril). En su día asumí que ella es así y listo. Pero ahora vuelvo a estar desesperada porque no quiero noches y mañanas de mal humor por puro cansancio que canaliza llorando de frustración.

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