cambio de ciudad con un bebé

Sobre el periodo de adaptación

Mudarse de casa y cambiar de ciudad es un cambio brutal para un bebé y un niño pequeño. Un cambio mucho más grande de lo que imaginaba y que, por tanto, minimicé antes de llegar al caserío. No voy a decir que Emma ya está completamente adaptada porque no sería verdad, ¡pero casi! Noviembre ha sido un mes duro de narices. Los primeros días y semanas la fiera buscaba el asfalto cuando salíamos de casa. ¿Hierba alta? Le asustaba. El mundo de Emma ha cambiado radicalmente: una casa grande en vez de un piso pequeño, un entorno rural en vez de urbano, una guardería nueva con educadoras y compañeros diferentes y, sobre todo, una aguda ausencia de coches, edificios y personas a nuestro alrededor. Terrible. Pero poco a poco la niña le está cogiendo el gusto a su nuevo hogar. Aun así, las veces que hemos vuelto a Bilbao ha gritado de alegría y ha estado tan feliz que el corazón se nos encogía. Incluso ahora, un mes después, la mamá de Ian, Amaia, me explicó que su hijo le dijo recientemente al salir de la guardería: “Al parque”, y Amaia contestó: “Ahora no, Ian, luego”. “¡Al parque! ¡Ian, Erik, Emma y Marc!”, exclamó el niño, íntimo amigo de Emma. Si a Ian le resulta extraño un mes después de nuestra marcha no pasar las mañanas y las tardes con Emma, ¿cómo debe sentirse la fiera? Pues uno de los primeros días en el caserío tuvo un ataque de ansiedad y de nervios cuando vio unas pegatinas de Toti, la mascota de su ex guardería Dolaretxe. No pude distraerla con nada y tuve que esperar a que se le pasara la nostalgia y los nervios y, por primera vez, dudé de si habíamos acertado con la mudanza. Pero hay que mirar hacia adelante. Y la cosa marcha. Ayer la niña ya se quedó a comer en su nueva escuela infantil y desde hace dos semanas vuelve a hacer pis y caca en el retrete (las primeras semanas se lo hacía todo encima siempre…) y a dormir sin pañal. Y cada día parece más y más contenta. ¡Ah! Y ya hemos encontrado un nuevo parque en el que pasar las tardes con sus compañeros de clase y sus mamás. ¡Yuhu! Chicas, ¡ya estoy de vuelta! Ahora sí, y no os imagináis las ganas que tenía. ¡Un besazo enorme!

En las imágenes, Emma y Kira, perfectamente adaptadas la una a la otra.

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