Primer trimestre

Durante el embarazo, el sentido del olfato se agudiza para prevenir a la madre de los riesgos que la rodean: carne en estado de putrefacción, sustancias químicas, alimentos demasiado ácidos, etc. De este modo, la naturaleza protege al feto de los peligros de la vida cotidiana.
En la actualidad, es habitual que las embarazadas vayan siempre con la nariz arrugada, ya que la vida moderna nos pone en jaque en casi todos los momentos: andar por la ciudad llena del humo de los coches (el nocivo CO2), entrar en la oficina recién limipiada (con productos químicos agresivos y poco respetuosos con el medio ambiente), entrar en una cafetería llena de olor a tabaco y alimentos demasiado maduos… Por eso hay pocos momentos del día en que respirar se vuelve en una sensación agradable y cada bocanada de aire te ensancha los pulmones.
Mi primer buen olor llega a primera hora de la mañana con el café recién hecho de mi marido. No bebo café, pero su reconfortante aroma me serena y tranquiliza las náuseas. Luego cogemos el coche hasta llegar en mi actual y pasajero lugar de trabajo, un edificio ubicado en una colina poblada del bosque mediterráneo: pinos, romero, tomillo y también un árbol no autóctono pero de maravilloso olor, el eucaliptus. Aprovecho para inspirar profundamente los aromas del bosque antes de entrar en la pulcra y aséptica oficina, recalentada por los ordenadores encendidos y enfriada a base de aire acondicionado, difusor de tantos gérmenes y virus…
Cuando a veces pasamos con el coche cerca de un cementerio o una fábrca rodeada de cedros aprovecho para bajar la ventanilla. Jamás me habían gustado tanto los cedros. Sin embargo, aborrezco el olor dulzón de muchas flores. Y aunque parezca mentira, cuando paseamos por el puerto, con su característica amalgama de salitre, algas y pescado recién llegado, también me siento bien. Otra cosa son los mercados, de los que huyo despavorida…

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