Más grasas, menos pan blanco

Desde que Emma nació, ha habido cambios en mi alimentación y en mis desplazamientos y ninguno de ellos ha sido bueno. Camino menos distancia y como más comida procesada para evitar cocinar y, poco a poco, me he ido alejando de la dieta mediterránea, lo cual se ha traducido en unos kilos de más que no sabía cómo sacar de encima. No he hecho dietas, pero estos años he vivido algunas situaciones estresantes que me han hecho adelgazar y luego he recuperado esos kilos con total naturalidad. Sabía que algo estaba pasando… porque antes volvía a los 58-60 kilos y ahora vuelvo a los 65… ¿Qué mierda es esa? Es el punto de peso óptimo, que mi cuerpo calcula según lo que mandan las células adiposas. ¡Puñeteras! ¡Están descontroladas! Bueno, en realidad las he descontrolado yo. Toca volver a reprogramarlas. Los dos últimos años he mirado dietas por internet pero ninguna me ha convencido. Y hacer lo más lógico, volver a cocinar y comprar menos comida procesada, parecía no entrar entre mis planes. Me faltaba motivación y un objetivo asegurado porque sino ¿para qué meterse en este berenjenal? Manolete, si no sabes torear pa’ qué te metes. Y me he quedado con mis 65. Pero el otro día estaba en la Fnac y me llamó la atención el libro ¡Siempre tengo hambre! porque está escrito por un médico, y sobre todo científico, de la Harvard Medical School, que es la institución que hace un par de años se zampó la clásica pirámide nutricional por un círculo que me gusta mucho más.

Pero al grano, ¿cómo caramba reprogramo mis células adiposas para perder cinco kilos y no volver a ganarlos? Según este señor y delgado científico, “la manera más rápida de hacerlo es sustituyendo los carbohidratos refinados (el principal impulsor de la secreción de insulina) por grasas, y tomando las proporciones adecuadas de carbohidratos no procesados y de proteínas durante las comidas y los refrigerios. Con un equilibrio adecuado de nutrientes, tu cuerpo se sentirá bien nutrido y no carente de algo, saldrá del modo de inanición y empezará a perder peso sin resistirse. Sólo tienen que seguir el plan de alimentación, comer cuando tengas hambre hasta saciarte… y parar”.

Las proporciones que propone son del 50% de grasas, 25% de carbohidratos y 25% de proteínas las dos primeras semanas; luego reducir las grasas al 40% y aumentar los carbohidratos al 35% varias semanas o meses, hasta que consigamos el peso deseado, para terminar de por vida en 40% de grasa, 40% de carbohidratos y 20% de proteínas, y volviendo a introducir los carbohidratos procesados, si lo deseamos y nuestro cuerpo los tolera.

¿Funcionará? ¿Qué te parece? Según postula el dr. David Ludwig, la grasa buena nos sacia (aceite de oliva, aguacate, frutos secos, leche entera, mantequilla de cacahuete, chocolate de más del 70% de cacao, etc.) y eso es muy positivo para nuestras células adiposas, responsables de mandar la señal de hambre al cerebro. También insiste en la estupidez de contar calorías y de que el viejo lema de “come menos y muévete más” no funciona. Que lo importante es la calidad de los nutrientes para mantener el índice glucémico a raya y encontrar un movimiento o ejercicio que se adapte a nuestros gustos y posibilidades, bajar el nivel de estrés (que también se relaciona con la insulina) y dormir lo necesario. Él observa el cuerpo como un todo, y pide que escuchemos a nuestro cuerpo. El plan de alimentación que propone además es apto para vegetarianos y, una vez reseteadas nuestras células adiposas, invita a introducir el carbohidrato procesado en la medida en que nuestro cuerpo lo tolere bien (y mi cuerpo lo ha tolerado divinamente durante casi toda mi vida). Es decir, se aleja de los extremismos, tanto de las dietas hipocalóricas como de las cetósicas (de la zona, Atkins y paleolítica).

¿Lo conseguiré? ¿Volveré a los 60 kilos?

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