Desesperación

El otro día, la vecina de la casa de mis padres le gritó a su hijo: “Imbécil, ¿qué no ves que estoy hablando por el móvil?”. Uf. Un día después, coincidí con ella en el ascensor y le pregunté qué tal estaba y qué edades tenían sus hijos, ya que no les conocía. El pequeño tiene dos años y cuatro el mayor. Ella me preguntó por Emma: “Seis meses”, respondí. Después de los cumplidos de rigor, enseguida abordamos el tema estrella: “¿Qué tal duerme?”. “Ella de maravilla, yo no tanto”, dije. “Todavía mama varias veces por la noche”, añadí, “¿y los tuyos?”. “Fatal. Entre uno y el otro se despiertan cinco o seis veces cada noche. Cada día me meto en la cama sabiendo que me voy a levantar entre cinco y seis veces. Lo llevo fatal. ¿No querías hijos? Pues toma ya”, espetó visiblemente desquiciada. Al pequeño, que va más justo de peso, le sigue dando biberones de noche, siguiendo el consejo de su pediatra. Y al mayor, agua, mimos y esas cosas que piden los niños de noche. Se lo expliqué a mi madre y ella me contó que, unos años atrás, la vecina y su marido discutían por tener descendencia. A ella le oyó gritar: “¡¡¡A ver cuándo me preñas de una vez!!!”. Dos veces la embarazó. Sin embargo, parece que con la llegada de los bebés, el padre se marchó de casa, dejando a la mujer con dos hijos y noches eternas. Ella no es feliz. Bueno, no se lo he preguntado, pero me atrevo a afirmarlo tras ver su rostro y escucharla a través de las finas e indiscretas paredes. Desgraciadamente, creo que contagia su desdicha a los pequeños. Bajo ningún concepto, creo yo, se le puede llamar imbécil a un niño. La falta de control de la ira en el adulto no debería repercutir jamás en nuestros pequeños. Pero qué fácil decirlo y qué difícil, para mi vecina, debe ser ponerlo en práctica. Aquel día sentí mucha pena, tanto por ella como por los niños.

En la foto, el hueco donde antes había una vieja casa en Peñíscola, con muros más grandes de los que ahora tenemos.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...