Un regalo enrevesado

En esta vida todo se puede olvidar, incluso la lengua materna. Desde hace doce años vivo en Bilbao, donde me relaciono en castellano. Mi riqueza lingüística en catalán ha descendido a niveles muy bajos, dado que pienso, sueño y escribo en castellano. El ser humano tiene una gran capacidad de adaptación al entorno, habilidad necesaria para nuestra supervivencia. Durante el embarazo, a medida que crecía la barriga, le daba vueltas al asunto lingüístico de esta casa y no lo veía nada claro. Mi marido insistía en que le hablara a Emma en mi lengua materna (en catalán, en su dialecto en valenciano del norte), que él le hablaría en alemán y, entre nosotros, ya nos comunicaríamos con ella en castellano. En cambio, mi teoría era la siguiente: que él le hablara en alemán, que por favor no se dirigiera a ella en castellano (que tiene un deje francés pasmoso, regalo de sus años vividos en el país vecino), que yo ya le hablaría en castellano y que la niña iría a la guardería en euskera y que, por si fuera poco, mi familia le hablará sí o sí en catalán. Que si la suya quería hacerlo en frisón (idioma del noroeste de Alemania, a medio camino entre el holandés y el alemán), pues adelante. Que si la niña nos acaba odiando, que lo entiendo perfectamente. Estas eran nuestras teorías, aquí va la práctica: mi marido le habla en alemán si no estoy delante, aunque no sé en que le habla cuando van al parque. Yo le hablo mayoritariamente en castellano (siempre en el parque y también cuando me exaspera) y, a veces, en catalán. En la guardería, que todavía no ha empezado, se comunicará en euskera y castellano, pero tres veces a la semana les enseñarán canciones en inglés, que la guardería es de pago y es muy guay. Los dibujos animados que todavía no ve, serán en alemán, gracias a la antena parabólica que tenemos instalada en el balcón. Sin embargo, los DVD de Baby Einstein que ya ve, se los pongo en inglés. Porque soy fan de la versión original. ¿Qué idiomas priorizo? Alemán, castellano y vasco. ¿Cuál espero que sea el segundo idioma de Emma? El inglés. ¿Qué otras lenguas aprenderá? Probablemente, el valenciano. ¿Y el frisón? Prefiero no pensarlo. De todos modos, si mis planes de mudanza avanzan, Emma no tendrá que seguir aprendiendo euskera (uno menos) y podrá centrarse en el alemán (si acabamos en ¿Berlin?) o en el inglés (¿California?). No obstante, ya sé que la vida da muchas vueltas y no me extrañaría lo más mínimo que finalmente Emma se comunicara en… ¿noruego? ¿coreano? ¿suajili? Cosas más raras se han visto. ¿Y vosotras? ¿Alguna historia que contar? ¿Algún consejo que aportar? ¡Ah! Ya sé que hay expertos que aseguran que lo mejor para el bebé es que cada progenitor mantenga siempre la misma lengua a la hora de dirigirse a él, para no liarle. Eso en nuestra casa es, simplemente, imposible, ya que entonces nunca podríamos tener conversaciones a tres bandas. Los expertos se refieren a entornes simplemente bilingües. ¡Qué fácil! También aconsejan a los padres mantener su propio idioma materno por aportar riqueza lingüística, algo que ya he perdido, y presuponen que los padres todavía viven en el entorno de su lengua materna…

En la foto, un cartel del metro de Los Angeles de la estación de metro del barrio Little Tokio, donde muchos de sus habitantes siguen viviendo con costumbres japonesas y comunicándose sólo en ese idioma, ajenos a su entorno.

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