la rutina de dormir

El proceso interminable

El lunes estábamos en la plaza Nueva de Bilbao varias madres, primerizas y experimentadas, hablando sobre cuánto tiempo necesitamos para completar el ritual de llevar a los niños a la cama y que se duerman. Seamos sinceras, nenas. ¿Algunas se atreve a decir que sólo media hora? ¡Ni se os ocurra mentir! Que aquí nadie baja de la hora y media. 90 largos minutos. En casa los sobrepasamos ampliamente. Veamos:

19.00 horas Empiezas con el ritual: «Ya es hora de cenar. Voy a preparar la cena, cariño». Primer aviso.

19.30 horas «¡A la mesa!», gritas impaciente. Cenáis.  La fiera empieza a remolonear con el postre. «¿Vemos la tele?», pregunta. «No, cariño. Termina de cenar e iremos a lavar los dientes y a la cama». Segundo aviso. Este es serio.

20.00 «Pero todavía es de día», dice mirando hacia la ventana. Empieza la negociación. «Cariño, ves un poco de luz, pero es porque está anocheciendo. Anocheciendo. Ya no es de día. El sol se ha ido a dormir detrás de la montaña y la luna ha salido». «¿Ha salido la luna? Quiero verla», dice ella. Si efectivamente la luna ha salido, estás de enhorabuena. Se la enseñas y aprovechas la coyuntura: «Dile buenas noches, cariño. ¡Buenas noches, luna!«. Uno a cero a favor mío.

20.10 Vamos al baño. Cogéis las dos cepillo y pasta. Le encanta comerse la pasta de dientes y le gusta que luego le cepille los dientes.

20.15 «Ahora el pipí de antes de dormir«. La cosa se complica… «Pero yo quiero jugar«, protesta. «Ya lo sé, mi vida, y mañana jugarás un montón si descansas mucho esta noche». Empieza el chantaje emocional. Se entretiene con cualquier cosa a mano. «Emma, si juegas ahora, se nos hará tarde y no habrá cuento», digo yo siguiendo con esta dudosa técnica. «¡Cuento sí!», exclama ella. Dos a uno a mi favor.

20.20 Estáis ya por fin en su habitación. Todo tiene que estar debidamente recogido, de lo contrario, se engancha a jugar. Intenta escoger el libro que le voy a leer. «No, primero el pijama y luego escoges el libro«. Si coge el libro antes de tener el pijama puesto, no colaborará para ponerse el vestido.

20.30 Puede que no acceda a ponerse el pijama de buenas a primeras y pida una sesión de higiene: bastoncitos en los oídos y crema. Lo odio. Mínimo, son diez minutos más.

20.33 Por fin, colabora más mal que bien a ponerse el pijama.

20.35 «Y ahora el cuento», dice ella. Coge su silla (yo no tengo derecho a ayudar), la pone al lado de la cajonera, abre el primer cajón, revuelve los libros y escoge: «¡Este!». 

20.36 «Pon la cabeza en la almohada y te lo leo», le digo.

20.51 Le leo el cuento. Tranquilamente estamos 15 minutos.

20.52 «Y ahora voy a apagar la luz«. Su cabeza debe estar en su almohada, sino llorará un montón y deberemos repetir este paso.

20.53 Apago la luz.

20.53 «Estoy aquí», dice ella desde la oscuridad. Me acurruco a su lado.

20.54 «Quiero un abracito», pide. Le doy.

20.55 «¿Me cuentas dos historias?». «Una», negocio. «La de los gatos». Y le cuento una historia de gatos. Las historias son cuentos que me invento y que le cuento con la luz apagada. Conmigo, jamás de los jamases se ha dormido mientras le leía un cuento. Por si os lo preguntáis.

21.02 «¿Me haces preguntas?«, pide ella. «Tres preguntas», vuelvo a negociar. Y le hago tres preguntas que ella contesta y que nos sirve para conversar de cosas que le han pasado ese día o de cosas que le inquietan.

21.10 «Y ahora otra historia», pide ella. «No, ya está. Ahora a dormir». «¡¡¡¡No quiero dormir!!!!», suelta la fiera. «¡¡¡Hoy no!!!!», proclama. «Todos los días tienes que dormir, cielo». «¡¡¡¡¡¡Noooooo!!!!!!». «Sí, mi vida. Relájate y deja que el sueño venga». «¡¡No!!», baja un poco el tono de su desconcierto. «Shhhh….». Gimotea un poco.

21.13 Me doy la vuelta y dejo de abrazarla. Estoy ya súper incómoda.

21.13 «Un abracito», pide. «La mano te doy». «Vale».

21.33 Pasan otros 20 minutos. Por fin se duerme. En esta opción, que casi nunca sucede, me levanto de su cama y proclamo mi victoria.

La cruda realidad:

22.00 ó 22.30 horas: No sé qué ocurre, no sé si empezamos a cenar media hora más tarde y además perdemos otros 30 minutos en tonterías, pero en la cruda realidad, la de la mayoría de los días, es que Emma se duerme a las diez de la noche o incluso más tarde. Y yo me duermo con ella. Incluso antes. En su estrecha cama de 90 centímetros. Y a media noche me levanto con la espalda rota. Sí, en los penaltis, la fiera me gana por goleada.

Pero sé que no soy la única: no os perdáis los 100 pasos para poner fácilmente a dormir a vuestro hijo pequeño que aconseja este padre en el Huffington Post. En inglés, entendible, como la vida misma, ¡para echarse unas risas!

En la imagen, la luna llena sobre Nueva York, de la fotógrafa de bodas Colin Cowie.

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