Semana 35

¡Hoy empiezo la semana 36 del embarazo! ¿Traducido al lenguaje coloquial? Empieza el noveno y último mes de gestación. Quizá el más largo, el más pesado y el más emocionante, ¡pero el último! Pero antes de hablar de lo que todavía no he vivido, voy a hacer un resumen de lo que ha significado la semana 35 (ocho meses, cuatro semanas). El octavo mes empezó con un miedo atenazador: el bebé ya estaba encajado, preparado para salir, lo cual significaba que iba a convertirme en madre en breve. No es que antes no supiera que iba a ser en madre, estando embarazada como estoy. Pero aún así, esa noticia me paralizó. Emma iba a nacer, ¿qué iba a hacer yo? ¿Y si se me caía? ¿Y si la aplastaba mientras dormíamos? ¿Y si no sabía consolar su llanto? Además del miedo, las hormonas me inundaron de mal humor e incluso hubo un día que me negué a vestirme y a salir de casa por el bien de la humanidad. Por si el apartado emocional fuera poca cosa, durante dos o tres días no conseguí pegar ojo debido a la acidez de estómago y al dolor de espalda. Afortunadamente, eso lo solucioné con tres Almax al día y colocando cinco almohadones en la cama, que todavía hoy sujetan el peso de mi barriga, de mis lumbares y de las cervicales. También llegaron los temores al parto. Pero al fin llegó la semana 35, en la que me reconcilié conmigo misma. Y con Emma. Después de pasarme casi un mes repitiendo que estaba harta de estar embarazada, ahora ya no tengo tan claro de que quiera que la pequeña salga de mi panza. ¡Es tan absolutamente mía! Además, tengo miedo a que cuando salga me la roben. ¿Quién? ¡Cualquiera! ¿Quién no va a quererla para si mismo?, me pregunto constantemente. El parto se acerca inevitablemente y cada día me siento más cerca de mi hija. La otra noche se despertó a las tres de la madrugada y no volvió a dormirse hasta las seis. Le puse el muñeco musical y le hablé, con lo que ella se relajó un poco. Y esa comunicación me llenó de alegría. Saber que aún ahí dentro puedo tranquilizarla y consolarla es una sensación increíble. Ahora ya no pienso que se me va a caer, ni tampoco me da miedo ser madre. Creo que ya lo soy.

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