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#reformasenelquintopiso

Verás, tengo una amiga que tiene una hija de cuatro años. Mi amiga se ha mudado por enésima y definitiva vez para volver a su piso que ha reformado íntegramente. A la niña se le ha hecho duro el cambio de casa, de escuela y de entorno. Antes ya se habían mudado a la inversa: del piso al caserío, y la niña, que entonces tenía algo más de año y medio, tardó seis meses en querer pisar la hierba del caserío. Vamos, que mi amiga anda bastante desesperada. Y encima la tía tiene un blog. ¡De maternidad! ¿De qué narices escribirá ahora? Si es que la pobre anda más perdida que un calcetín desparejado. Dice que ha perdido la conexión con su hija. Que su hija ya no la quiere siempre, que la culpa por la mudanza y por las obras. No es que mi amiga se lo invente, no, no, no, es que la niña se lo dijo claramente una noche en el coche cuando regresaban de ver la película del verano: Inside Out. ¿Cómo se le ocurre llevar a la niña a ver esa peli? ¡Va de una mudanza! Y claro, la niña se sintió reflejada con la historia y todos sus sentimientos brotaron entre lágrimas. Mi amiga dice que a ella le costó no llorar. Y que no lloró, vale, pero que se puso tan triste que la tristeza aún le dura. Y fueron al cine a primeros de agosto, no te digo más.

Lo que sí le digo a ella es que se lo tome con paciencia, que esto no es para siembre, mujer, ¡es un bache! Es algo más grande que el punto álgido de un mal día, algo más hondo que un barranco. Pero un bache al fin y al cabo. Ella no lo ve tan claro, siente como si algo se hubiera roto en ese vínculo tan profundo que mantenía o creía mantener con su hija. ¿Tendrá razón? ¿Así se rompen los vínculos con los hijos? ¿Y la herida queda para siempre dejando una visible cicatriz? Bueno, ¿quién no tiene alguna cicatriz? Yo espero por el bien de mi amiga, y por el de la niña, claro, que a la niña se le olvide un poco todo esto, que al fin y al cabo sólo tiene cuatro años. Digo yo que a esa edad el cerebro aún no está del todo formado y que la memoria se vacía constantemente dejando hueco para nuevos recuerdos. ¿O no es así? Vete a saber, apenas sabemos cosas sobre lo que ocurre en la azotea y la materia gris y esas cosas. En cualquier caso, supongo que mi amiga volverá poco a poco a controlar la situación. Sobre todo, cuando tenga armarios y solucione un tema pendiente de la cocina, vamos, cuando la casa ya no parezca Bosnia en plena guerra. Y cuando la niña ya vaya a la escuela en horario completo. Porque es que las rutinas son mano de santo para los niños y ahora aún andan que sí, que no. A medio gas, vamos.

En fin, yo creo que cualquier día a mi amiga se le pasará tanta tontería y volverá a sonreír y dejará de quejarse y escribirá chorradas sobre decoración, arquitectura y gremios. ¡Ya tiene unas cuántas anécdotas! Sino que le pregunten por su gato, que se ha pasado dos días escapándose bajo la tarima del suelo, ya sabes ese hueco que queda entre su suelo y el techo del vecino. Se ve que al minino le asustan los carpinteros (y los fontaneros, electricistas, pladuristas y cualquier persona ajena a la casa que traiga una sierra de calar).

 

En fin, aquello es una casa de locos. En serio te lo digo. Yo no pienso volver hasta que tengan los armarios, de verdad. Pero, eah, la casa bonita, ¿eh? Ahora es más amplia y espaciosa que la mía. Vamos, que están contentos con el resultado. Y, oye, han puesto unas baldosas estupendísimas. Tiene un toque vintage, de ese que se lleva tanto. Dice que las eligió junto con su marido, aunque el marido tenía ciertas dudas. ¡Ay, el marido! No le ha tirado por la ventana de milagro, oye. Yo les oía discutir, porque con las ventanas abiertas se oye todo, y pensaba: estos dos piden el divorcio hoy mismo. Qué gritos, chica, si sólo son cuatro decisiones: las baldosas, los enchufes, los tabiques… En fin, que no es para tanto, que no es para ponerse así mujer. Mira, a mí con mi Pablo no me pasa nada de esto: lo elijo todo yo y ya está. ¿Qué no quieres cenar pescado? Pues te aguantas. Es que a estos hombres no hay quien los entienda, de verdad.

Lo que te decía, que yo no voy a subir ahí a tomar un café hasta que terminen porque, chica, ¿a quién se le ocurre obrar? ¡Si no quieres polvo no vayas a la era! Cuántas veces me lo ha dicho mi padre, ¡y qué razón tenía el hombre! Más razón que un santo. Estos jóvenes que se creen que lo saben todo… ¡qué tabarra dan, por Dios!

baldosas

 

salon

 

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