Crianza
Mi amiga Izaskun está licenciada en Filología y Magisterio. De momento, trabaja en una Haurreskola (las guarderías públicas vascas que se ocupan de los niños de 0 a 3 años) y, mientras tanto, nunca deja de leer artículos científicos y material divulgativo sobre pedagogía. Su constante interés me permite ser una oyente privilegiada y, de vez en cuando, me pasa material que le ha parecido especialmente interesante. Ayer me mandó un artículo de la pediatra Emmi Pickler, publicado en 1979 con el título “La importancia del movimiento en el desarrollo de la persona”. La doctora analiza los movimientos y su desarrollo en el recién nacido y en los bebés pequeños. Plantea que, si los adultos a cargo de la criatura, depositan en ella la autonomía y el espacio suficiente para que el bebé investigue, imagine y aprenda nuevos movimientos (nuevas competencias), es probable que su desarrollo mental y físico sea más relajado y fluido que el de los bebés que sólo aprenden por imitación en espacios reducidos y con una estimulación inadecuada. La doctora relaciona cada movimiento descubierto con la adquisición de capacidades. Y la adquisición de capacidades con autonomía personal y confianza en uno mismo, lo que a la larga genera niños positivos, relajados y competentes. Conseguir ser capaz es más importante que conseguir repetir ciertos movimientos a cierto tiempo predeterminado, según la doctora. Y para que el bebé desarrolle los movimientos, el adulto debe estar atento y dejarle hacer según sus deseos, llegando así el adulto a poder entender mejor un bebé que todavía no habla y, por su parte, el bebé poder anticiparse a los deseos y acciones del adulto (cooperar en la hora del baño o en el momento del cambio de pañal, por ejemplo). En definitiva, la doctora no piensa que un bebé recién nacido es un animalito que actúa sólo por imitación, sino que es un ser activo que puede llegar a serlo muchísimo más si le damos un margen de confianza.

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