arbol

Trabajar en vez de jugar

Mi hija salió ayer de la escuela contenta porque la profesora le había dado una pegatina por haber hecho bien una ficha.

Por las fichas (y las pegatinas), su padre y yo hemos pagado 65 euros en concepto de material didáctico (dos carpetas con fichas y libros para niños de cuatro años que no saben leer). Entre las 22 familias de clase hemos gastado 1.500 euros en fichas.

Emma piensa que va a la escuela a trabajar y dice que en la escuela no juega o que apenas tiene tiempo para jugar. Para ella el juego son los juegos que ella decide en cada momento a solas o con compañeros (con compañeros es lo que más le gusta) sin que nadie la obligue. Por lo que cree que en el aula no juega, sino que a va a aprender y que aprender es aburrido. ¡Toma ya! Deprimente, ¿verdad? Y os juro que la niña tiene razón porque en el aula hay “materias” y un horario a seguir en el que hay tiempos (largos) en los que los niños deben estar sentados en corro escuchando al profesor o imitándole y que jugar en los txokos de cocinitas, puzzles, plástica, etc. es obligatorio y no voluntario. Cada día los niños deben pasar por dos txokos distintos que no eligen, con compañeros que tampoco escogen. Emma nos comunica esto desde hace dos años y cada vez elabora más su discurso y añade palabras nuevas, como “aprender”.

¿En qué tipo de escuela creo que Emma sería feliz (y nosotros también)? Intuyo que en la del hijo de Conchi, del blog Cosas que pasan en Helsinki. Si tienes tiempo puedes leer su post Un día en el Päiväkoti.

Deseo con todo mi corazón que pronto florezca un nuevo modelo de interactuar con los niños y me alegra muchísimo ver por la red que cada día somos más las personas que deseamos ese cambio. El último vídeo viral sobre el desastre educativo que tenemos en Spain is diferent es el de Eva Bailén y la racionalización de los deberes. De una manera muy gráfica, induce a la reflexión. Además, enseguida se pueden atar cabos de forma muy rápida: los niños españoles tienen jornadas escolares interminables con resultados pobres en el informe Pisa, del mismo modo que los padres tenemos jornadas laborables interminables con resultados productivos bajos.

En la imagen, Emma jugando en el parque de El Retiro de Madrid el pasado mes de junio. Por cierto, con la mudanza tenemos la suerte de haber probado dos escuelas distintas: la escuela rural de Mallabia y la urbana de Bilbao. Ambas son públicas. En este tiempo Emma ha tenido cinco profesoras diferentes, sin contar a dos profesoras sustitutas. Su razonamiento sigue invariable con independencia de la escuela y de la profesora. En Mallabia las familias no comprábamos las fichas y las pegatinas, pero la escuela ofrecía fichas (fotocopias) y la validación del adulto al niño provenía del lenguaje oral (“¡qué bonito!”, “¡qué bien lo has hecho!”).

{Editado: aunque esta sea la visión general que tiene Emma de la escuela, la niña adora a sus maestras, cuyas opiniones e indicaciones considera que son tan importantes como las nuestras, y en los tiempos que pasa en actividades que le gustan lo pasa genial. Además, la escuela tiene algo muy importante que nosotros en casa no le podemos ofrecer: niños. Emma no es muy de juguetes, ella es de niños. Necesita iguales con los que interactuar, jugar, aprender y pasar el tiempo}

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