fórceps

Parto con fórceps

Posparto

Empecé este blog con la premisa de ser sincera y honesta en mis posts para intentar ser de ayuda a otras madres primerizas. Hace seis semanas que di a luz a Emma en un parto inducido, con epidural, maniobra de Kristeller (la OMS pone en entredicho su eficacia y resalta las posibles complicaciones para la madre), ventosa y, finalmente, fórceps.  Más que parirla, me la sacaron. Ella está fenomal y es maravillosa. No le dejaron marcas en la cabeza y en ningún momento hubo sufrimiento fetal. A pesar de ello, la ginecóloga aceleró el parto y la sacó a la brava porque no efectuaba el último giro. Yo empujaba todo lo que podía, pero no todo el tiempo que me hubiera gustado (decidieron que ya había superado el tiempo permitido para el expulsivo). Claro que no se puede empujar mucho con epidural. Y sin anestesia no se aguanta bien un parto inducido. Menudo círculo vicioso, ¿eh? Las consecuencias de ese parto que incluso en el hospital definieron como “durillo” todavía las estoy padeciendo. Puedo pasear, pero poco tiempo. Me cuesta salir de mi barrio. Sólo tres días he sobrepasado la “frontera” del Casco Viejo y he enfilado la Gran Vía. Al andar siento tal presión en la vagina que me invalida para caminar y, si  llego al límite, tengo que sentarme donde pueda para descansar un rato. Es como si algo me pesara en esa zona y, debido a la gravedad, el peso desciende cuando estoy de pie. Un mes y dos días después del parto pude empezar a practicar los ejercicios de Kegel alguna vez al día. Hasta la cuarta semana ni siquiera podía contraer la zona. Y si ese día realicé varias contracciones espaciadas en el tiempo es porque no salí de casa, por lo cual tenía el suelo pélvico descansado. También he vuelto a realizar el masaje perineal, aunque no completamente. Sólo por fuera, siguiendo la cicatriz para ablandarla y que la piel vuelva a ser elástica. En ciertas zonas duele; con el masaje ese dolor se convierte en molestia.

A pesar de estas molestias y dolencias, en la revisión posparto el ginecólogo concluyó que todo es “normal” y que “en un año” estaré como nueva. ¡En un año! ¿En un año? ¡¡¡Ni hablar!!! Al salir de su consulta llamé a la Clínica Guimón, donde tienen una unidad de recuperación de suelo pélvico. También la tienen en el hospital público de Bilbao (en Basurto), pero mi facultativo consideró que “ahí sólo van” las mujeres que han sido sometidas a una intervención quirúrgica, como de reconstrucción de vejiga. Para él, la episiotomía no es una intervención quirúrjica, a pesar del bisturí y los puntos de sutura. Por tanto, deberé pagar 45 euros por sesiones de media hora de rehabilitación en una clínica privada gracias a este sistema público que primero te sumerge en estrictos protocolos hospitalarios, que a menudo terminan en inducciones y episiotomías, y luego no te ayuda a recuperarte como es debido.

Mi fisioterapeuta, que casualmente realizó el posgrado en recuperación de suelo pélvico, me animó a que me sometiera a rehabilitación. “No lo dejes o estarás liada mucho tiempo. Los fórceps no son una tontería”, me aseguró. También me explicó que compañeras suyas de estudios se han ido a trabajar a Francia, donde todas las mujeres que dan a luz deben ir a rehabilitación del suelo pélvico. “Todas”, recalcó la fisioterapeuta. “El Estado paga el 60% del coste del tratamiento y ellas se hacen cargo del 40% restante”, añadió. Al menos, de momento estoy controlando las pequeñas fugas de pis gracias a los ejercicios de Kegel y orinando frecuentemente. Cuando descubrí los escapes debido al olor en la ropa interior me eché a llorar. “Hay mujeres que no pueden controlar las heces”, me respondió el ginecólogo ante mi preocupación. Menudo consuelo de idiotas, pensé en mi interior.

Historia de un parto (tercera y última parte)

Nacimiento

Una cosa son los hechos y otra, las vivencias. Cuando rompí aguas no podía ser más feliz. Y le repetía a mi marido: “No te preocupes si me ves sufrir, hoy será el día más feliz de mi vida”. A pesar del dolor de las contracciones, cuando todavía no me habían suministrado la epidural, y de los dolores que se colaron con la anestesia, viví el parto con suma alegría. Y tanto para mi como para él, las horas nos pasaron volando. “¡Ya son las doce del mediodía!”, “¡ya son las cinco de la tarde!”, decíamos sorprendidos. Sólo la última hora de la fase de la expulsión la viví con mucha angustia, al apremiar el tiempo, y como si fuera una película de horror cuando llegaron los fórceps… También sentí mucha ansiedad cuando me cosían. Simplificando, digamos que necesité un gran zurzido (unos 30 minutos), por lo que no podía ponerme a Emma al pecho y no dejaba de preguntarle a la ginecóloga cuándo iba a acabar. Por eso, cuando terminó, antes de marcharse de la sala, me dio la enhorabuena y yo, con los labios fruncidos y desesperada por acunar a  Emma, le di las gracias pero no le agradecí el haberme ayudado a traer a mi hija al mundo. Por cierto, ella llegó con la mano apoyada en la carita, de ahí la dificultad añadida a sacarla solo con mis pujos…

Una vez salí del paritorio, le dije a la matrona: “Ponme a la niña al pecho”. Me respondió que el pasillo no era el mejor lugar, pero que si quería, ahora mismo. Fue entonces cuando respiré aliviada. Emma se cogió enseguida. La matrona cubrió su carita con la sábana para protegerla de los focos del techo y yo también me escondí debajo de la sábana. En ese momento, todo encajó. El mundo se paró. El parto terminó. Ella dejó de llorar. Le canté, le acaricié el cuello.

El parto es una experiencia tremendamente visceral y a mis dos matronas de ese día, Sonia e Idoia, y a mi ginecóloga quiero agradecerles haberme ayudado en hacerlo posible. Por cierto, la ginecóloga hizo tan bien su trabajo que no dejó ni una marca en la cabecita de Emma. Y en ningún momento sufrió. De hecho, en el test de Apgar sacó un 9 sobre 10. ¿Por qué le quitaron un punto? Jeje!!!

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...