Valoración

No podríamos estar más contentos con nuestra decisión. Después de un mes de guardería, con una adaptación un poco prolongada, Emma se queda feliz en su clase, done se lo pasa pipa con sus cuidadoras y compañeros. Por ejemplo, su educadora nos ha dicho hoy que daba palmas hasta en la cuna, antes de echar siesta. Sí, ¡en la cuna! En la guardería, los niños escuchan cantar, pintan, juegan, trepan y a saber cuántas cosas más. ¿La verdad? Ni pregunto. ¡No nos hace falta! Vemos los resultados en su comportamiento: ahora es muchísimo más independiente y hace cosas nuevas (como meter una bola en un sitio pequeño, sacar cosas diminutas de lugares estrechos, coger una pintura y restregarla por el papel, etc.). Incluso le hemos ampliado el horario de 10.00 a 15.15 horas, ya que así no interrumpimos su siesta, que cada vez son más largas, y eso se nota en su buen humor cuando la vamos a recoger. Por cierto, tampoco llora cuando me ve llegar. Con lo reticente que era con la guardería y lo contenta que estoy ahora. Mi calidad de vida ha aumentado gracias al tiempo del que dispongo y, además, ahora nuestro tiempo juntas es más intenso. Como en todo, siempre hay pegas: los virus que pueblan nuestra casa. Primero los coge Emma dignamente, a mi me rozan (creo que de pequeña me inmunicé de un montón, ya que casi siempre estaba enferma) y, luego, se apoderan de mi marido, que lleva un mes que no levanta cabeza entre gastroenteritis, fiebre y resfriados.

En la imagen, Emma pintó de azul con las manos un marca páginas para conmemorar el Día internacional de la Paz. La acuarela enmarcada no es suya. Todo se andará.

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